Pregunta sobre valor y precio

      La historia, curiosa y amarga al tiempo por lo que se verá, ocurrió así: no hace demasiado tiempo había por unas tierras un ciudadano bastante rico que poseía fincas, inmuebles y negocios, y algunos otros bienes diversos, entre los que se encontraba la solariega imagen de una Virgen, a la que veneraba por encima de todas las cosas y a la que ofrecía especiales cultos, ritos y ceremonias litúrgicas. Soltero y sin hijos, al menos reconocidos, sí tenía nuestro protagonista algunos sobrinos, entre los cuales había uno claramente preferido. Tanto lo era que en la familia muchos pensaban firmemente que, a la muerte del protagonista, este último recibiría todas, o al menos, la mayoría de las propiedades de su tío. Fallecido ya nuestro hombre, el notario abrió el testamento y en él se encontró consignado que, efectivamente, el sobrino predilecto había sido privilegiado por encima de sus otros familiares. A él le había sido adjudicado lo más valioso. Pero ¡ojo!, los caminos de Dios son inescrutables y los criterios humanos muchas veces nos despistan del todo. Porque eso, lo más valioso, era la imagen de la Virgen y esa fue su única herencia. Las fincas y demás bienes, mundanos al fin y al cabo, pasaron al resto de los sobrinos. Apenas importaban.
    Una historia que suscita y sugiere un montón de reflexiones, contrastes doctrinales, servidumbres sociales y paradojas sin límite. Cabe preguntarse si el sentido moral que subyace presenta en toda su radicalidad un grave desajuste social e ideológico sobre lo que vale y no vale, lo que interesa a unos y otros, lo material y lo simbólico. De todas maneras parece obvio que el cuento y su consumación han roto y quebrantado el esquema conceptual valorativo que la colectividad manifiesta culturalmente, rectificando todas las expectativas que tenían los sobrinos respecto al desenlace final. Unos y otro. Todos.
      Dice Adam Smith, en el libro sobre los sentimientos morales, que los nuestros sobre la belleza de cualquier tipo están tan influidos por la costumbre y por la moda que cabe pensar que los relativos a la belleza de la conducta también lo estén sobre manera. Hay dos clases de calamidades: las desgracias propias y la buena suerte ajena, asegura el diccionario del Diablo de A. Bierce. ¿Es entonces este caso sólo una calamidad afectada de esa forma o tiene otro alcance? ¿Acaso aplicamos siempre lo de valor y precio de A. Machado?

Publicado el día 16 de febrero de 2018

Todo lleno de patáforas

       Ubú rey ha conquistado Polonia, degollando al rey legítimo. Todo empieza cuando: “PADRE UBÚ: De por mi velón verde, el rey Venceslas está aún bien vivo; y admitiendo incluso que muera, ¿no tiene acaso legiones de hijos? MADRE UBÚ: ¿Quién te impide degollar a toda la familia y ponerte en su lugar? PADRE UBÚ: ¡Ah! Madre Ubú, me estáis injuriando y pronto se os hará pasar por la cacerola. MADRE UBÚ: ¡Eh! Pobre desgraciado, si yo pasara por la cacerola, ¿quién te remendaría la culera del pantalón?” Naturalmente todo es puro escarnio y puro sarcasmo porque, al fin, “he cambiado el gobierno y he hecho imprimir en el periódico que se pagarán dos veces todos los impuestos, y tres veces los que podrán ser designados ulteriormente. Con este sistema en seguida habré hecho fortuna. Entonces mataré a todo el mundo y me iré”. Por supuesto que con los tesoros… cuando ya no queda nadie en el reino. Lo dicho: puro escarnio y puro sarcasmo.
        “Rey Ubú” es una comedia escrita por Alfred Jarry en 1896, antecesora del teatro del absurdo, que representa el modelo, sobre todo en su lenguaje ramplón y hasta grosero, casi sin sentido, de la que se llama Patafísica (término por cierto muy culto en su etimología), “la ciencia de las soluciones imaginarias que se basa en el principio de la unidad de los opuestos”, donde la regla es precisamente la excepción de la excepción, lo extraordinario, lo que explica y justifica la existencia de la anormalidad”. La patafísica da origen a las patáforas, que ya puede uno imaginar lo que son y simbolizan. Hay quien las ha relacionado con el humor de Gila cuando, por ejemplo, descubría los crímenes repitiendo por el pasillo de la pensión en voz alta lo de “¡Alguien ha matado a alguien!”.
       Momentos hay en los que la confusión en el poder llama a buscar ejemplos como este cuando no se entiende nada o se entiende demasiado, cuando se conjugan la majadería de mandar a distancia y el no mandar nada. “Rey Ubú”, dicen, es una parodia de Macbeth, lo que lleva a recordar el famoso monólogo nihilista, cuando ya empieza a moverse el bosque de Birnam y se le resbala el poder: "La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada". Nihilismo que, lamentablemente, está acabando por distraer.

Publicado el día 9 de febrero de 2018

Voltaire y Rousseau

       Muy conocidas son las teorías pedagógicas del filósofo Juan Jacobo Rousseau, expuestas sobre todo en la famosa novela “Emilio”. Hay que volver a la sencillez de la naturaleza y superar las creaciones artificiales de la cultura, que solo traen daño al hombre, porque “todo sale bueno de las manos del autor de las cosas (hay quien traduce Dios), todo se vicia en las manos del hombre”, como dice la sentencia con la que empieza su celebrada novela. Como resumen de toda esta doctrina lo que ha quedado en los manuales es que para él la naturaleza es buena y la sociedad la que lo estropea, por lo que hay que educar a los niños en la libertad y no someterlos a doctrinas que lo esclavicen.
      Pero en Rousseau, como en tanta gente, una cosa es la teoría y otra la realización práctica, una cosa lo que se dice y otra lo que se hace. Así nuestro hombre, tras vagabundear por un montón de sitios y de trabajos, llega a París en 1745, 33 años, y decide convivir/casarse con una modista analfabeta Thérèse Levasseur, con la que tiene cinco hijos, y a quien convence para entregarlos al hospicio conforme van naciendo. Al principio dijo que carecía de medios para mantenerlos, pero más tarde, en sus Confesiones, sostuvo haberlo hecho para apartarlos de la nefasta influencia de su familia política. Y todo esto naturalmente choca con sus principios. Como se lo hizo saber un panfleto, en principio anónimo, (“El sentimiento de los ciudadanos”, que ya se sabe fue de Voltaire) que le reprocha: mira lo que hace con sus hijos el que cree en la bondad originaria del hombre. (Y para defenderse escribe sus Confesiones).
      Pero él desconoce quién es el autor del libelo y acude precisamente a Voltaire para averiguarlo juntos, circunstancia que permite asistir a una gran conversación en la que los dos filósofos enfrentan sus ideas acerca de Dios, la igualdad, la educación…, dos maneras igualmente generosas pero muy distintas de concebir la sociedad. Como bien ha resumido José Andrés Rojo, Voltaire entiende que habrá que arremangarse para combatir los errores, pero reconoce los logros culturales y científicos que la humanidad ha ido conquistando. Rousseau piensa, en cambio, que esa humanidad es buena por naturaleza y que es la sociedad la que la ha corrompido: no hay problemas que arreglar, hay que cambiarlo todo. Un debate de siempre y de ahora. (Hoy es una obra de teatro que se está representando).

Publicado el día 2 de febrero de 2018

Hablando de los heterodoxos

        Hay que ver la simpatía que, en tantas ocasiones, tiene alguna, o mucha, gente a los heterodoxos. Y el interés que suscitan. Junto a la doctrina de las diferentes corporaciones, constituidas como portavoces o voceros de la verdad y de la última palabra, los que de alguna manera cuestionan esa situación, los llamados disidentes o relapsos, tienen un no-sé-qué que les hace atractivos. Al menos, asegura Menéndez Pelayo, excitan la curiosidad. Y el caso es que, si uno echa un vistazo a cualquier medio de comunicación, encontrará por aquí y por allí los más variados modos de heterodoxia, bien al poder político, religioso o, incluso, hasta al deportivo, por parte de personajes o colectivos que disienten en alguna medida con la ideología que tratan de obligar tantos núcleos de poder como hay en el mundo.
          La cosa viene, como se sabe, de la necesidad que todo ser humano siente de protección, lo que le obliga a acogerse al grupo e ir ajustando desde el punto de vista teórico los motivos para justificar la conducta que le lleva a ser fiel a una lealtad cultural. Pero la tensión entre pertenecer al grupo y, al mismo tiempo, tratar de no quedar anulado del todo es uno de los juegos existenciales más duros que puede vivir una persona que trata de ser consciente y responsable. Por supuesto que cabe renunciar expresamente a toda parcela de pensamiento propio, echarse del todo en brazos del colectivo y vivir, según Elías Canetti, como un cordero en la masa, pero, si se quiere mantener, al menos, un trecho de personalidad propia, siempre hay que plantear el problema de los límites, de hasta dónde dispone uno de autonomía para, siendo leal al grupo, no quedar ahogado del todo.
        Porque todas las estructuras de poder siempre tienen a mano un montón de excusas para implantar una disciplina y ejercer sobre todo el control de las conciencias. A los países con las policías morales, se están sumando con cualquier justificación todos los que pueden. El último, Portugal, que, no se sabe muy bien de qué le viene el derecho (si del cielo o del infierno), ha venido a imponer un menú nacional a sus ciudadanos. ¡Para echarse a temblar! Afirmaba Heráclito, el filósofo griego, que “el hombre, cuando duerme, entra en contacto con los muertos, pero que, cuando despierta, lo hace con los dormidos”. Pero, claro, con tanto ahogo, a veces hay quien por necesidad despierta. Y entonces viene el lío.

Publicado el día 26 de enero de 2018

Las abstracciones políticas

        Al modo, aunque de forma más dramática aún, en que una familia en graves dificultades de sustento percibe con indignación y desprecio los macroindicadores económicos que hablan de lo bien que están las cosas, con más rabia y un desprecio absoluto lo hace la ciudadana siria Heba Amuri, a la que la guerra le ha matado dos hijos y el tercero, de dos meses, se le está muriendo de hambre, cuando oye hablar de negociaciones entre Siria, Rusia… etc. Es una de las más dolorosas y espeluznantes contradicciones que usa el poder para justificar su dominio y explotación de las personas: el juego de las abstracciones en contraposición con la dimensión existencial de la persona humana. “Sí, no te preocupes aunque estés al borde de la inanición, mira el porvenir con optimismo porque el año próximo vamos a crecer al x,x%, incluso una décima más de lo que habíamos previsto…”, oye desde la alturas ese ciudadano de a pie. “Las grandes potencias están negociando el fin de la guerra, así es que no te preocupes, aún eres joven y podrás tener más hijos en el futuro…”, escucha Heba Amuri.
     Estos dos episodios no son técnicamente lo que se llaman abstracciones pero ejemplifican a la perfección el grave desajuste que se produce entre la dimensión real de la vida de las personas y las afirmaciones generales con las que nos manejamos. Muchos quebraderos dio ya a los antiguos este viejo problema: a la afirmación de los libros de Ciencias de que todos los mirlos son negros, cabe la pregunta del inocente: ¿acaso los ha visto todos para poder asegurarlo? Y si no es así, que es lo lógico, ¿cómo lo sabe? ¿en qué se apoya para expresar esa afirmación tan segura? (Es el problema de la ciencia). Así “mirlo” se refiere a todos y cada uno de los mirlos reales o posibles y a ninguno en concreto. Es una idea universal, una abstracción, un universal, que así también se llama.
      El manejo de las abstracciones, amparándose en la complejidad y dificultad teórica y técnica que tienen para los no especialistas se ha constituido en un procedimiento para someter a los ciudadanos. Porque cuando decimos, por ejemplo, que Arabia no permite a las mujeres conducir, lo que en realidad ocurre es que los gerifaltes de ese país lo impiden. Hacer idénticos a Arabia y a los gobernantes de Arabia es una gravísima y deshonesta falsificación. Arabia no es nada, es una abstracción, una palabra, un universal. No existe.

Publicado el día 19 de enero de 2018

Ser de otra manera

         Con más frecuencia de lo que a primera vista pueda parecer, la dictadura del lenguaje, que somos nosotros mismos los que lo producimos, nos mete en unos laberintos de los que es muy difícil salir si nos ponemos a pensar lo que en verdad significan. Valga una expresión, cada día más frecuente, que, habiendo aparecido inicialmente en determinados discursos laudatorios, ha tomado el territorio lingüístico y social con un desparpajo sorprendente. Tanto que lo más probable es que el lector la haya utilizado o, en todo caso, escuchado en montones de ocasiones: “como no podía ser de otra manera”. Y, puestos a jugar y entretenernos con reflexiones sobre lo que se dice en una frase como esta, nos metemos en un berenjenal filosófico de padre y muy señor mío.
         Porque cuando se asegura que algo “no puede ser de otra manera” ¿qué es lo que impide que las cosas puedan cambiar de naturaleza? Esto de asegurar que algo no pueda ser de otro modo es atribuirle consistencia indefinida y lo mismo que decir que, al no poder ser otra cosa, tampoco puede no ser nada y entonces sería eterno, difícilmente se le podrían aplicar las valoraciones de verdadero o falso y nos meteríamos, por ejemplo, en lo que los profesionales del lenguaje llaman nada menos que el problema “de los existenciales negativos”. ¡Menudo lío para una columna de un periódico!, podrá decir cualquier lector. Pero simplemente se trata de darnos cuenta de los enredos en que nos meten las palabras cuando, al pensar en ellas, apreciamos su significado literal. Estamos muy acostumbrados a decir que algo como el Pegaso (el caballo con alas de los cuentos antiguos que suele servir de ejemplo) no existe o que el viaje que cuenta el vecino no se ha producido y en esa tesitura cabe preguntarse: pero, si algo no existe, ¿cómo podemos hablar de ello?, más aún, ¿cómo podemos decir que es falso… o verdadero? Esto es un existencial negativo: una frase que niega la existencia algo. Como el enunciado de que algo no puede ser de otra manera.
        Pues en esa polémica andan metidos grandes filósofos. Y no es una banalidad esta discusión, cuya respuesta incide en la matemática y en el lenguaje científico, pero sí resulta curioso cómo lo que en principio pareció una galantería acaba presentando un muy difícil problema teórico. ¿Quiere ello decir que hay muchos metafísicos por el mundo, tratando de ser corteses? Pues, sin saberlo, a lo mejor.

Publicado el día 12 de enero de 2018