Banalización de la ciencia

       Sabido es que nuestros lejanísimos antepasados comenzaron su desarrollo especulativo o conceptual preguntándose por el porqué de las cosas, el motivo por el que ocurrían y la razón por la que eran de una manera y no de otras. El ejemplo clásico escolar es el del rayo que cae en un árbol contiguo al que está resguardado un individuo y le hace preguntarse por qué se ha librado de la muerte o de la ruina, lo que hubiera sucedido si se hubiese guarecido en el árbol afectado o el rayo hubiese caído donde él se encontraba. Y de esta manera se dan los primeros pasos para ir construyéndose el edificio de la ciencia, la gran tarea que ha venido construyendo la especie humana y la que lo deferencia, así lo creemos, del resto de los seres vivos. La ciencia es el soporte de todo lo que somos y tenemos, nuestra seña de identidad, el gran tesoro que nos salvará o nos hundirá y nuestro billete de salvación (extremadamente incompleto por supuesto) para el presente y para el futuro. De su jerarquía y autoridad ya se ha hablado y dicho casi todo. Pero hay una cuestión de cierta gravedad que ha venido a acontecer en nuestro tiempo y que, al parecer, tiene todas las bendiciones económicas, sociales, mercantiles y administrativas.
      Sin solución de continuidad con lo anterior, con la ciencia y lo científico, se está produciendo un grave quebranto cuyas pésimas consecuencias, aunque sean difíciles de evaluar, sí que es seguro que son y serán nefastas. Esto ha ocurrido cuando el adjetivo científico ha entrado en el mundo del negocio y se ha convertido en un talismán para justificar lo injustificable, vender lo invendible, defender lo indefendible. Zapatos científicamente confeccionados; cremas contrastadas científicamente; alimento0s elaborados científicamente… y así una eterna retahíla que naturalmente solo engañan a bobos. La publicidad, que por sí misma no tiene por qué no ser noble, está envileciendo estos dos términos, banalizando algo tan venerable y manchándolo con el engaño.
      En épocas antiguas, lo ensalmos, embrujos y otros remedios fundaban su valor en apariciones, supersticiones y otras monsergas por el estilo. Ahora el término ciencia se utiliza de manera irreverente. Eso sí, ha entrado arrasando en el bolsillo de los consumidores, como se dice ahora. Lo lamentable es que, hablando de bobos, de esta especie hay mucha más gente de la que pueda creerse. Esa es su venganza.

 Publicado el día 8 de abril de 2016

Más organizadores llegan

       La verdad es que el momento más apropiado es este en que se cambia la hora. El reproche de “si ya estamos diciendo que esto no puede seguir así” (“¡cómo les gusta vagabundear”, dice el profeta), se nos cae sobre la cabeza, como si fuera un mantra. Es lo que dicen quienes se han atribuido a sí mismos, sin que nadie se lo haya pedido, el afán de organizar y reordenar nuestra vida. Ya se sabe, recordaba Fernando Savater, que a los poderes públicos lo que le interesaba en el Antiguo Régimen era la salud de nuestra alma mientras que ahora, sobre todo desde la Ilustración, es el cuerpo el objeto de desazón. Pues hay una tercera posición ideológica que está preocupada por la ordenación general del reino y, en consecuencia, de cada uno de nosotros. ¿Qué hay que salvar? Que si hay que cambiar nuestros horarios, que cómo es que comemos a las 3 y cenamos después de las 22, que en Europa hay otros hábitos… ¿A qué vienen esas comparaciones?, ¿Acaso nuestro país es el último en la escala de esperanza de vida?, ¿Y los índices de felicidad?
       Pero ¡qué gana tiene la gente de meterse en nuestras intimidades! No ya en la cama, (que tantos candidatos con el carné de profesionales vienen durante siglos intentándolo y veces hasta lo consiguen) sino en nuestra comida, nuestra siesta, nuestro ocio y demás parcelas personales y familiares. Demasiada discusión hay detrás de cuáles deban ser los límites infranqueables de nuestra vida privada para que vengan otros, autoproclamados defensores de no se sabe muy bien en qué valores se fundamentan y qué credenciales les acreditan. Ahí es nada cambiar las costumbres.
        Parece razonable que tal vez pudiera discutirse si nuestro país debería acomodarse al huso horario universal. Pero otra cosa ya es discutible, salvo que se trate de seguir la Regla de san Benito, especialmente la V. Y, además, todo es un inmenso sofisma. Lo que hay es una sensata desorganización en la que cada uno hace lo que quiere y lo que puede. Lo primero para salvar a la gente de sus pecados es conocer si los cometen. No existiendo las brujas, ¿cuántas fueron condenadas? ¿Cómo es eso de que no se puede cenar a las 10?, ¿cuánta gente lo hace en su casa? Pero si lo desea ¿por qué no puede hacerlo?, ¿también se va a prohibir, por ejemplo, pasar por la taberna a tomarse una cerveza? Si hasta los monjes, en verano, tienen un descanso más largo después de la hora sexta, la siesta

Publicado el día 1 de abril de 2016
 

La Pascua y las pascuas

      Aunque parezca extraño, uno de los asuntos que más acució a los cristianos durante parte del final de la Edad Antigua y casi toda la Edad Media fue determinar la fecha para la celebración de la Pascua, naturalmente la de Resurrección pues las otras festividades que llevaban el mismo calificativo eran pascuas menores. Decir Pascua era decir Pascua de Resurrección, acontecimiento que, por razones teológicas que aquí no son del caso, era el referente de la religión. El problema estaba en la disparidad de cálculos para fijar cuándo debía festejarse. Y, tratándose de una materia de tan alta relevancia, se entendía como una dolorosísima impiedad mantener el enredo en su conmemoración con carácter universal. ¡Si hasta había comunidades que, con la confusión cronológica, llegaban a celebrarla ¡dos veces al año! Mientras, otras, al contrario, demoraban en exceso la festividad. No es asunto del hombre saber en qué orden ha puesto Dios los momentos, había dicho Beda. Pero ¿cómo era posible que las jerarquías de la Iglesia, el mismo papa, pues el asunto era de tanta gravedad que merecí a su atención principal, no hubiesen resuelto tal incertidumbre? Porque, como todo el cómputo, que era como se llamaban entonces, “afectaba a la ciencia, la teología, la doctrina de la Iglesia, el impacto práctico de la vida de la gente, el gobierno y la economía”, apunta el estudioso del tema David E. Duncan.. Y más en un asunto como este. 
       Las condiciones de esta festividad eran, además, un motivo de escándalo y de pendencia. Hasta con sus batallas, sus condenas de herejía y todo el aparato de presión social e ideológica entre quienes señalaban una fecha distinta de otros. O el obispo Agustín que, para convencer a los celtas de que sus cálculos eran equivocados, hizo el milagro de dar la vista a un ciego. El origen, claro está, venía de los desajustes del calendario, los graves desajustes de su configuración, y, en el caso que nos ocupa, de la dificultad sobrevenida por la mezcla confusa de las dos maneras de medir el tiempo. Porque, influidos por la Pascua judía, había que conjugar el año lunar, el de casi toda la vida de la Humanidad, con el que Sosígenes había propuesto a Julio César, el del Sol. Dos formas de contar y ninguna, además, con rigor y ajustamiento técnico preciso.
    El propósito por el que se peleó, discutió, anatematizó… fue que todo el mundo lo celebrase en el mismo día.

Publicado el día 25 de marzo de 2016
 

Lo del patio trasero

        A fin de cuentas todos vinimos de África. Según se considere, hace miles o cientos de miles de años, pero de allí llegamos. De África vino el primer colega erguido (homo erectus) y del mismo continente proceden las poblaciones a las que pertenecemos como homo de Cromañón, homo moderno u homo sapiens, según las diversas denominaciones al uso. Quizá por eso en lo profundo de nuestra antropología subyace la tensión migratoria como forma de vida cuando el hábitat no resuelve nuestras necesidades ni ofrece lo necesario para vivir y sobrevivir. Pero curiosamente del afán de dominio y de nuestras inseguridades, en cuanto nos fuimos estableciendo, surgió el concepto de extranjero como alguien que no formaba parte en la organización totémica del grupo. Y así, aunque con muchas variantes sociales, ideológicas y conceptuales a través de los siglos, más o menos hasta hoy. Unas veces, como receptores y otras, como emigrantes.
       El problema se ha agudizado hasta el límite cuando se han superado las teorías y las discusiones sobre si o no al multiculturalismo y hemos empezado a aplicar al fenómeno de la llegada de extranjeros el NIMBY o, castellanizado, el SPAN. Términos que son acrónimos y significan “No en mi patio trasero, mi jardín”. O en nuestro idioma: Sí, pero aquí no. En ambos casos la expresión, que encierra un sentido de profundo reproche, viene a expresar la actitud de aquellos ciudadanos que, manifestándose a favor de alguna iniciativa social, insistiendo con energía en su necesidad y su sentido, no están dispuestos a que la actividad generada se lleve a cabo en su entorno vital, en el lugar en el que se pueda ver afectada, supuesta o realmente, su vida. Este rechazo es el que da origen a las alarmas que circulan por los medios urbanos. Todos queremos tener buena cobertura para el móvil pero rechazamos las antenas en las cercanías de nuestra vivienda: SPAN.
       Ahora, sobre todo por las condiciones en que se está produciendo, hemos extendido el SPAN a los inmigrantes. Estamos conmocionados con lo que estamos viendo pero no lo queremos en nuestro jardín. Nosotros, Europa, (que es el barrio pijo del mundo, rodeado de amenazas y peligros que le acechan por todas partes", en expresión de Santiago Roncagliolo) tenemos un dilema, dice Antonio Guterres, entre la compasión y el miedo y la intolerancia, que estamos cargando de razones solemnes pero tal vez solo sean excusas. 

Publicado el día 18 de marzo de 2016
 

Ser y expresarse

        En principio y como justificación de nuestro papel político, con la política y con los que llamamos políticos, parece un convencimiento universal que una cosa es lo que somos y otra lo que expresamos, que hay un sujeto que somos nosotros, cada uno de nosotros, y luego una expresión con la que nos manifestamos, al menos ante los demás (que los diálogos y la comunicación con nosotros mismos ya es otra cuestión la mar de compleja). Es este convencimiento universal lo que nos faculta para alabar y sobre todo reprochar a la clase política el juego (algunos dicen escenificación) que dicen, se trae, especialmente ahora, con el asunto de formar gobierno. El “postureo” le llaman, un término convertido en indicador de modernidad. Ay de aquel que no la tenga en su boca a cada rato.
     Ya se contó en esta columna cómo el sabio legislador Solón, hace más de 26 siglos, reprochó a Tespis, que algunos consideran el primer actor de la época clásica griega, cómo no se avergonzaba de mentir ante tanta gente. Al bueno de Solón le parecía una desvergüenza lo que hoy denominamos el teatro. ¿Qué ocurriría si de pronto todo el mundo en la ciudad comenzara a fingir ser quien no es, a jurar fidelidad a sus esposas cuando sus pensamientos los desmentían, si los políticos efectuaran promesas sin intención de cumplir? No, aquella impostura debía concluir. Y el grave Solón la proscribió con dureza.
      Narra Mario Benedetti que Milton Estomba había sido un niño prodigioso, que a los cinco años ya tocaba la serenata nº 3, op. 5, de Brahms. Sin embargo a los veinte años se fue especializando en expresiones hasta el punto de tener una específica para cada pieza que tocaba. Todo iba bien hasta que un sábado de pronto el pianista se equivocó y tocó la Catedral Sumergida con la expresión de la Marcha Tuca. Pero la catástrofe vino después: Milton se había olvidado de las partituras pero recordaba perfectamente los gestos ampulosos y afectados que correspondían a cada composición. Desde entonces solo fue capaz de efectuar un mudo recital de expresiones. Y es que a lo mejor, al final del todo esto de diversificar lo que somos de lo que parecemos no es sino, como decían los antiguos, una mera distinción de razón, una separación teórica y lo que hizo Tespis no fue sino dar el primer pasa para dejar claro lo que somos. Todos. Ellos y nosotros. Somos lo que expresamos. Pura presentación, puro “postureo”.

Publicado el día 11 de marzo de 2016

Dónde está el busilis

       En una narración-tipo de los manuales de lógica se cuenta que se presenta ante el juez un campesino quejándose de que un vecino “pasa con sus ovejas por mis tierras y me estropea las cosechas. No es justo” y el magistrado le responde: tienes razón. A continuación aparece el vecino y dice: “mis ovejas solo pueden beber agua del estanque si pasan a través de sus tierras y sin agua morirían”. Tienes razón, le corrobora el juez. La limpiadora que andaba por allí y ha escuchado todo, exclama: “pero, señor juez, ¡no pueden tener razón los dos! A lo que éste replica: tienes razón. Pues, visto lo visto hasta ahora, más o menos así andamos. El diagnóstico de lo que está pasando en la realidad socio-política es que estamos metidos en un buen lío, en una contradicción, en un escollo sin salida. En un contexto, cuya formulación es esta: el país necesita un gobierno pero de momento no hay manera de encontrarlo, (1) ¿Porque lo hemos dejado imposible?, o (2) ¿Porque quienes han de aderezarlo no tienen capacidad para ello? La gente en general, por lo que uno ve por la calle, parece lavarse las manos señalando ¡que lo arreglen ellos que para eso están! Y lo peor será tras la segunda parte en la que, según todas las previsiones, se mantendrá la misma discordancia, idéntico contrasentido.
       Pero habrá que buscar el busilis, el punto en que estriba la dificultad del asunto del que se trata, según define la RAE. Mas para eso, para encontrar la solución, antes habrá que averiguar dónde está y cuál es el problema, si en el sistema o en quienes tienen que gestionarlo.
      Conocida es la historia de Gordión que, cuando llegó con su carreta de bueyes a Frigia, sus paisanos, por seguir un oráculo, le eligieron rey y anudó de tal manera sus bueyes al templo que no había forma de desatarlos. Fue Alejandro Magno quien solucionó el apuro cortándolo con su espada. La expresión nudo gordiano se refiere a una grave dificultad que solo se puede resolver recurriendo al pensamiento lateral, es decir, buscar una solución mediante estrategias no ortodoxas, “que normalmente serían ignorados por el pensamiento lógico", de que ya se ha hablado en esta columna. Es decir, no se trata de hacerle caso a lo que diría un buen arbitrista, aquí sea ¡ale, a votar una y otra vez hasta que salga un resultado razonable que permita… Pero sí es imprescindible repensar todo el proceso porque algo habrá que hacer como sea.

Publicado el día 4 de marzo de 2016