La peluca mal puesta

     Las personas vivimos en algunas ocasiones a saltos, que, con unos u otros matices, vienen de vez en cuando y a veces hasta o quebrantan la memoria o rompen el porvenir. Mientras, el resto de nuestra existencia transita entre la monotonía, la rutina y la vacuidad. Al fin y al cabo por mucho que queramos romper el corsé de cada día y cada rato, "las generaciones de hombres vienen y van, pero la tierra permanece”, asegura el Eclesiastés. Vamos y venimos en lo trivial, en lo que no exige algo más allá, lo que no exige un punto de esfuerzo mental, un punto de cavilación o un punto de reflexión. Aunque, ¡ojo! llevan siglos diciendo los filósofos que somos lo bastante sabios para advertir nuestras contradicciones, para darnos cuenta de esa templada monotonía, aunque lamentablemente pero no lo suficiente para resolverlas.
    Viene a cuento toda esta aparente (y puede que real) advertencia por la desazón que produce observar cómo al final casi todos los esfuerzos que se hacen en la sociedad de hoy no superan el listón de un “pásalo” como si ese fuera el alto límite de capacidad humana de construir la realidad en únicamente un “trending tropic”. Todos los que no hacen otra cosa creativa y de interés en la vida, en su vida y la de la colectividad que “pasarlo” muestran el papel de transmisores que de un tiempo acá nos hemos asignado a nosotros mismos y a los de nuestro entorno, olvidando (de nuevo el Eclesiastés) que las palabras de los sabios oídas con calma valen más que los gritos del que gobierna a los necios.
      Esta forma de hacer las cosas, las contradicciones de lo que se dice y se quiere decir, de lo que se hace y se quiere hacer pueden venir reflejadas e ilustradas de manera simplista, casi infantil y propio de un juguete, pero atinada y precisa en la anécdota del viudo que estaba despidiendo un duelo. Como es costumbre en estos casos, muchos de los parientes, vecinos y demás conocidos tienden a repetir con el consabido "lo mismo digo" el pésame que suponen ha dicho el anterior de la fila. Pero una vez ocurrió que el primero, por ser persona cercana a la familia y con suficiente confianza, le avisó al doliente: "Tiene usted la peluca torcida". "Lo mismo digo" fueron diciendo los siguientes hasta que el pobre hombre, harto ya de intentar ponérsela bien, optó por quitársela. Que para muchos es la única forma de resolver los saltos que da la vida. Muy pobres, quizá.

Publicado el día 12 de octubre de 2018

Los insatisfechos

    Asegura el economista J. K. Galbraith que en nuestras sociedades avanzadas hay dos grupos de desigual poder e influencia cuya dinámica ha deteriorado el sistema democrático. En “La cultura de la satisfacción” reconoce que, por una parte, están los favorecidos, los potentados y los ricos, sin excluir la burocracia empresarial ni los intereses comerciales, siempre con sus cuitas, sus ambiciones y sus anhelos. (Tal vez los impecables implacables a que se refiere Rafael del Águila). Y que luego están los demás, los otros, los social y económicamente desposeídos. Nada nuevo desde luego, pero el norteamericano lo refiere para considerar la contradicción democrática de cómo resulta que, siendo muchos más, este grupo no gobierna, quizá, sugiere, por su descreimiento del sistema. De todas maneras, la aludida estructura es una situación tan asentada desde siempre que muchos la juzgan natural, que no depende de la voluntad humana, algo así como tener dos ojos o dos manos.
    No está la cosa para plantear un debate teórico o filosófico sobre el origen y la legitimidad del poder y de la distribución de la riqueza, que, hechos aparte, nunca viene mal. Pero no es el momento cuando la exclusión social sigue creciendo mientras, por ejemplo, los desahucios han desaparecido de la plaza pública, tanto que hasta hay quien cree que ya son agua pasada. Mas, natural o no, siempre reconforta recordar aquello de Rousseau, que todo esto de la propiedad se inició cuando un listo aseguró: “esto es mío” y un grupo de imbéciles se lo creyó.
    “La recuperación económica no reduce la brecha entre las rentas altas y las bajas”, “los contratos temporales y a tiempo parcial explican que la caída de la desigualdad no llegue a los colectivos de menos ingresos” … son titulares de prensa de estos días que ponen sobre la mesa este acordeón o gradiente que a cada rato sigue creciendo. Al final da la impresión de que los satisfechos siempre acaban siendo los insatisfechos. Y que vale cada vez más aquello, también de Galbraith, que con cuanta más generosidad se alimente al caballo con avena, más granos caerán en el camino para los gorriones. Lo que puede deducirse del último informe de la Fundación FOESSA, vinculada a Cáritas Española, que destaca en su presentación más simplista que “la exclusión social severa sube un 40% desde 2007 en España”. Y del que este artículo solo quiere ser un simple portavoz.

Publicado el día 28 de septiembre de 2018

La venganza de la verdad

    En la historia de la ciencia es memorable el momento en el que como de pronto se modifican tanto la concepción de la enfermedad como derivadamente los sistemas terapéuticos. No es, por supuesto, que esa transmutación se hiciese de la noche a la mañana (cuando incluso hoy, con lo que hemos aprendido y lo que las ciencias han avanzado, no la hemos asimilado del todo) pero ello se produjo cuando apareció por Atenas un tal Hipócrates (el hoy protagonista del juramento médico) en el llamado siglo de Pericles. Hipócrates representó lo que los filósofos describen como “el paso del mito a la razón”, saltar de entender los hechos como mensajes de dioses e interpretarlos como acontecimientos naturales; en las tormentas pasar de rayos que envía Zeus enfadado a fenómenos regidos por las leyes de la naturaleza; y en la enfermedad olvidarse de recurrir a Asclepio, dios de la medicina, en busca de curación a basarse en lo que puede tocarse con las manos, el cuerpo humano. (Curiosamente la última frase de Sócrates tras beber el veneno, propia del antiguo régimen, a su discípulo Fedón: “Debemos un gallo a Asclepio, págalo y no lo olvides”). Así empezó el pensamiento humano y la ciencia.
    Ya se ha dicho: veintitantos siglos no han sido suficientes para que nos convenzamos de que la ciencia, a pesar de sus dificultades, sus contradicciones, sus limitaciones y sus insuficiencias es el único camino viable para resolver el problema del bienestar físico y psíquico, y de la salud. Que Asclepio (o Esculapio, para los romanos) no son la vía transitable para la salvación. Y menos aún remedios paracientíficos que arrastran cabe sí desde negocios indecorosos y enlodados hasta ideologías perversas y excesivas, en muchos casos unos y otras mezcladas.
    Sólo hay un camino de ser, ya decía Parménides por aquellos tiempos, porque el otro lleva a la nada. Y ese camino de ser es la verdad, la verdad científica que, al final del trágico juego, acaba vengándose de los humanos, de los que se enredan con ella. Lo triste es que los más débiles son los que lo sufren. Y así, mientras, se están produciendo desgracias irreversibles de personas agarradas a bulos estúpidos, cuyos transmisores, a pesar del anonimato, tienen sobre sus espaldas una infame colaboración. No lo puede manifestar de manera más clara y explícita Jorge Guillén: “Sí, más verdad, / Objeto de mi gana. / Jamás, jamás, engaños escogidos”.

Publicado el día 21 de septiembre de 2018

Si el suicidio es un derecho

    Como ya se ha citado en alguna ocasión, Albert Camus empieza su libro “El mito de Sísifo” afirmando que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Creer que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto de cuestiones… viene después”. Los dioses habían castigado a Sísifo a elevar una piedra hasta lo alto de la montaña, piedra que volvía a caer de nuevo para otra vez ser levantada: es el triunfo de lo eternamente inútil y sin sentido. Sísifo había intentado engañarlos y de ahí la verdadera cuestión, el infinito problema, de si tiene sentido la vida o hay que abandonarla para siempre.
    Normalmente se ha tratado el suicidio, y así se sigue haciendo, como un fenómeno social. En el libro de culto que el filósofo francés Emilio Durkheim dedicó al tema y que escribió después de estudiar miles de informes de otros tantos suicidios, tras definirlo con precisión científica y organizarlo en tres categorías (suicidios egoístas, altruistas y anómicos), lo considera como un indicador de determinadas sociedades. Durkheim, que en algún sentido los equipara a los divorcios, considera que estos reflejan al grado de anomía de un grupo social, entendiendo este concepto como una situación en la que se ha ido perdiendo el relato de la existencia y las normas han rebajado su trabazón. Unos dirían sociedad abierta e innovadora y por tanto resbaladiza como contraste con otra cerrada y tradicional. De todas maneras parece obligado recordar las cifras aireadas el otro día con ocasión del llamado “Día Mundial de la Prevención del Suicidio”: en España, 3.600 personas de media al año se quitan la vida, lo que equivale a unas 10 al día, según los datos de la OMS.
    Pero cuando, en la fábula, la terrible convulsión hizo caer en su lecho a madame Bovary; en la leyenda, Diógenes se desplomó muerto tras contener la respiración; o cuando, en la realidad, Stefan Zweig y su mujer bebieron el veneno, es obvio que algo personal se ha roto. Y se ha quebrado cuando la aporía, la no-salida de la situación, o el afán salvador se apodera del corazón del protagonista. Es entonces cuando vale la terrible doble cuestión: el enfrentamiento solitario del individuo ante su destino y la pregunta, tan inquietante como el vacío, de si el suicidio sea un derecho humano personal. Porque, de ser así, muchas cosas cambiarían.

Publicado el día 14 de septiembre de 2018

Doctrina de la esfera

    "Hay hombres", dice Pío Baroja en "Zalacaín el aventurero", para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son algo así como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo, sin dificultad alguna". Personas a quienes la lotería genética, en expresión que puso de moda "La generación X", ha brindado la posibilidad de poder ocuparse de los asuntos de la vida, sin tener que prestar atención al propio camino; gente que sólo tiene que estar ocupada de los acontecimientos porque el deslizamiento en la pendiente natural ya les lleva adelante sin sobresaltos. Una teoría de la esfera que es prudente tener a mano para explicar comportamientos, individuales y colectivos, y entender las reglas del mundo que tenemos delante. Porque de lo que aquí se trata no es que las cosas les salgan bien a algunas personas o a algunas colectividades; no es un problema de resultados ya que también a trompicones se puede dar uno de bruces con la suerte. El asunto está en que, cuando la esfera está llena de esquinas por todas partes, esta condición empuja a que el propio desarrollo de las cosas sólo pueda hacerse con dolor y con tensión, y en esas circunstancias son la contradicción y la paradoja los únicos instrumentos válidos para gobernar el timón del destino. ¿Pero posible?
        En el caso de las vidas individuales como colectivas, públicas o desconocidas en general, los ejemplos de una u otra fortuna se encuentran a cada paso. Cada persona, cada grupo social sabe y siente que la facilidad de la vida le viene desde el contexto, desde el entorno. Hablando de todo esto, vale la cita de Favorino de Arelate, uno de los más célebres filósofos del Imperio Romano, que contaba tres paradojas que, según relato de Filóstrato, de sí mismo: ser galo y tener mentalidad de griego; ser eunuco y sufrir un proceso por adulterio; y haberse enfrentado a un emperador y estar vivo.
      La pregunta que lleva a este complejo, al tiempo que simple, doble camino en el que unos y otros estamos situados, son las razones del porqué. Precisamente en estos meses estamos viendo de manera casi insultante la diferencia de que habla Pío Baroja, de cómo rodó la esfera del destino y los descalabros / venturas que reparte. Pero así son las cosas. ¿O acaso a la ramita del árbol de la que tiramos descuidadamente andando por la calle, no le hubiera gustado haber nacido arriba, fuera de nuestro alcance? Pues claro.

Publicado el día 7 de septiembre de 2018

¿Cómo siguen todavía ahí?

      Como la experiencia literaria muestra a cada rato, los temas que podríamos describir genéricamente como administrativos tienen poca resonancia intelectual. Y no porque no tengan categoría teórica, hondura metafísica y hasta valor político. Más aún, los estudiosos y críticos apenas aprecian dimensión ideológica en estos temas, olvidándose de que están en juego valores de alto nivel especulativo, diseños sustanciales de política y ética y caminos en los que la manipulación conceptual entra como dueño por su casa. Pocas veces en el plano general se aplican valores y criterios no ya ontológicos sino existenciales y antropológicos. Únicamente se ha prestado alguna atención al filósofo Max Weber que, de manera más detenida, trabajó en conceptos básicos hasta el punto de que sus tipos ideales de burocratización y el ejemplo de la jaula de hierro han servido para ocuparse algo de todo esto. Sólo cuando las cañas se vuelven lanzas, cuando algún sujeto, individual o colectivo, percibe sus derechos quebrantados, la preocupación administrativa pasa a primer plano y entonces estamos en otro mundo.
      Grave error filosófico, social y político, además de moral, este no atender como se debiera el asunto que venimos planteando porque la sociedad que rehúye la enjundia de esta regla de juego, se torna inexcusable y esencialmente injusta, arbitraria y sin la equidad indispensable, que diría Ralws. La corresponsabilidad en la gestión, por ejemplo, de infraestructuras no es un asunto baladí sino de la mayor incumbencia teórica que afecta a múltiples y variados órdenes de derechos esenciales.
       Un ejemplo de libro es el nefasto episodio acontecido en Vigo hace pocos días. Por ello resulta tan indignante que los responsables políticos aún continúen en sus puestos y no se hayan marchado ya, ¿vestidos con un saco y con ceniza en la cabeza?, como muestra de arrepentimiento por tan grave tropelía. Ya sabemos que si, como parece, hay varios partidos implicados, ninguno va a enarbolar la bandera, hipócrita en estos casos, de la decencia. También que el propio Weber asegura que el reino político no es un reino de santos. Pero una vez más la impudicia acaba triunfando mientras protagonistas que despreciaron todos los derechos humanos y sociales poniendo en grave peligro a los ciudadanos por no haber sido capaces de ponerse de acuerdo, siguen en sus puestos. Parece que sin vergüenza ni apuro.

Publicado el día 31 de agosto de 2018