De la complejidad del mundo

       Hemos de reconocer que las más de las veces, por no decir siempre o casi siempre, vivimos, sentimos y discurrimos con eslóganes. Frases o expresiones que en principio tratan de resumir un pensamiento sobre el mundo y sobre la vida pero que, por su contextura breve y resumida, acaban convirtiéndose en una filosofía final y definitiva, que pretende dar sentido a nuestra existencia, explicar cómo están organizadas las cosas y qué caminos hay que tomar o decisiones hay que seguir. Asegurar de forma concluyente e incontrovertible que algo es así o de esta otra manera, sin la más mínima duda, es un acaecimiento personal y social que domina y ha dominado el comportamiento y la conducta del ser humano, del homo sapiens. Y que, al margen del contenido, ya los antiguos cazadores-recolectores utilizaban como forma de expresión.
         En consecuencia, todos disponemos en nuestro acervo particular o colectivo como de un conjunto de recetas a aplicar a las más variadas situaciones que la vida nos va presentando, algo así como fórmulas preparadas para dar respuesta a lo que se pregunta o propone. Lo malo de esta forma de vivir, cargada como si fueran fardos, de estas frases hechas, firmes y definitivas es que acabamos encerrando todo lo que es el mundo y lo que trae consigo con su infinita complejidad, en la simplicidad de un pensamiento. Y, en consecuencia, hasta cabe preguntarse, como hace el filósofo científico Jorge Wagensberg, si sabemos siquiera lo que deseamos saber.
      Los eslóganes producen un estilo de vivir. Sin embargo esta circunstancia no debe impedir que en nuestros convencimientos tengamos siempre un punto de escepticismo y de incertidumbre. Porque, por lo general, las cosas no son tan simples y tan sencillas como a primera vista pudiera parecer. Y ese “esto es así y no puede ser de ninguna otra manera”, dicho con firmeza casi infinita, ni es veraz, ni es útil ni es inteligente. Montar la vida desde la certidumbre absoluta produce efectos como los que estamos viviendo estos días. Resumir toda la cosmovisión y la política del presidente electo norteamericano, justificando su voto, en, por ejemplo, “hará más grande a América” es, además de una simpleza ridícula, una decisión de perversas y graves consecuencias incontrolables. Jorge Wagensberg dedica su libro “Ideas sobre la complejidad del mundo” a “lo constantemente nuevo, a la duda metódica, a la timidez desafiante…

Publicado el día 2 de diciembre de 2016

Modelo quizá a imitar

       Que los chimpancés y nosotros, los humanos, somos, por decirlo de una manera más gráfica que precisa, primos hermanos es algo que ya sabemos desde hace tiempo. Y que nuestros respectivos genes coinciden en un 99% (dejando a un lado las precisiones científicas de los sabios) ya es cultura general. El caso es que a fin de cuentas nuestra cercanía no hay manera de negarla. Muy conocida es aquella anécdota, parece que real, de la duquesa a la que, al decirle que nosotros venimos del mono (algo, por cierto, que no es en absoluto acertado ni ajustado porque realmente no es así), insinuó “que no se entere nadie” de ello. Y da la impresión de que, incluso ahora y hoy, se le ha hecho bastante caso, al ver cómo la opinión general trata como de no enterarse cuando alguien recuerda nuestro parentesco no ya con los animales en general sino muy especialmente con los primates. Un cierto repelús parece producir esta realidad.
    Algo así como hermanos menores de los chimpancés (y nuestros pues igualmente compartimos el 99% de los genes) son los bonobos, una especie de la que de vez en cuando aparecen determinadas noticias en los diferentes medios de comunicación. Menores por su tamaño, pero hermanos por sus iguales características genéticas. Se supo de ellos en 1929 cuando un científico se dio cuenta de que el cráneo que tenía en la mano no era de un chimpancé joven sino de otra especie. Los bonobos son pocos, por eso se tardó en conocerlos, y solo viven en África central, en el Congo. Y lo último que se ha dicho de ellos es que tuvieron sexo con sus hermanos mayores y con ellos hijos fértiles hace miles de años.
        Todos estos datos se pueden leer en cualquier libro, pero lo que importa a este propósito es apuntar cómo miramos para otro lado cuando nos llegan sorprendentes y curiosas noticias de determinados rasgos significativos por la singularidad de su cultura y su conducta. “Si entre dos grupos de bonobos hay tensiones, dice el primatólogo Frans de Waal, no se matan como los chimpancés, En seguida se ponen a hacer sexo” y lo practican en todas las combinaciones. Las hembras, dominantes, no compiten tanto por la jerarquía y son menos territoriales, lo que limita la violencia, y hacen sexo con muchos machos, que evita el infanticidio contraproducente. Entre ellos solo hay paz y armonio. Y, como se ha dicho, junto con los chimpancés, son los primates más cercanos a nosotros.

Publicado el día 25 de noviembre de 2016

Las mentiras públicas (y 4)

        En cuanto a la impresión de que el reino de la mentira se ha adueñado de la dialéctica del ágora, del discurso público y casi universal, conviene recordar que esta estrategia no es nueva en absoluto. Bien desde el mismo poder como desde su contra, toda la historia está salpicada de episodios en los que la falacia ha dominado las relaciones de opresión. Más aún, puede afirmarse, aunque matizando, que la misma estructura última de las relaciones sociales es falsa en sí misma pues no en balde el dominio de unos sobre otros siempre se ha montado sobre este equívoco: de otro modo el mundo social sería muy diferente. Porque mentir el poder siempre lo ha hecho o ¿alguien cree que en otros tiempos todos los poderosos iban con la verdad por delante? Y ya se preocuparon sus moralistas en justificar sus desmanes. La otra cara se apoya en si los protagonistas se creen lo que dicen, protagonistas que lo producen y quienes lo apoyan con sus votos.
      Al final el juego borroso y difuso de lo que es y lo que no lleva a que las nuevas tecnologías están magnificado el contenido de lo que se dice, sea o no verdad, y eso hace que influya más y a más gente. Pero probablemente en esto, como en todos los comportamientos humanos, no hayamos variado mucho de lo que siempre hemos venido haciendo. La diferencia no sería de calidad sino de grado, es decir, que el chismorreo y el rumor sobre la vida y los milagros de los vecinos, que antes no pasaban del casino del pueblo o de las chácharas de los del pueblo, ahora llega a los confines del mundo (y, si no, en ocasiones, los mismos actores los exhiben o los falsean).
         Los populismos se ayudan para su extensión y consolidación del lenguaje falaz pero una cosa es la causa y otra la condición. En verdad se extiendan y van arraigando poco a poco porque previamente no se han corregido los desequilibrios económicos y sociales, antes al contrario, bastaría con señalar las cada vez más aterradoras desigualdades. El origen de la actitud de los pueblos no está en esos discursos sino en la política que el poder ha ido ejerciendo. La interpretación interesada y falsa que hicieron los enemigos de Tiberio C. Graco de un gesto y que le costó la vida arrojado en el Tíber, puede servir de modelo porque venía defendiendo la reforma agraria. Y así hemos llegado hasta aquí. Lo que dure, y cómo, está por ver. Más allá del nuevo y reciente cinismo de la posverdad.

Publicado el día 18 de noviembre de 2016

La verdad socio-política (3)

       Efectivamente hay gente muy preocupada porque considera que vivimos en algo así como el reino de la mentira. Y, si necesitan aducir ejemplos públicos y populares para justificar ese pesimismo, piensan que los tienen a millares. Desde afirmaciones exactamente falsas en su contenido, repetidas una y mil veces en los diversos medios comunicación, a las que circulan por las redes sociales sin control ninguno de veracidad, ni siquiera de referencia personal de autoría. Y, para muchos, llega la verdadera angustia al ver cómo se montan sobre la mentira, (repetida, cínica y descarnada, que no es producto de un malentendido ni de una mala información) proyectos políticos que triunfan precisamente apoyados en ese discurso. Javier Ayuso, en un artículo reciente, enumera una serie de afirmaciones, evidentemente falsas, que ciertos líderes políticos han enunciado “sin que se les caiga la cara de vergüenza y, al tiempo, no pase nada” y, sobre todo, lamenta que, pese al desmentido documentado, la falsedad siga circulando como si tal cosa porque de nada vale, asegura, que Obama presente su certificado de nacimiento para cortar el infundio. Medios convencionales de comunicación, internet y las redes sociales, favoreciendo el llamado populismo, tanto de izquierdas como de derechas, mezclado casi siempre con un nacionalismo de vana exaltación, son las patas de un mundo que algunos piensan ha perdido el valor de verdad.
        Claro que esta percepción de la realidad tiene su coherencia interna, que sin duda ambos agentes de información andan por ahí comportándose sin control. Y lo más espinoso son las consecuencias que generan, promoviendo sustanciales modificaciones socio-políticas de onerosa resonancia social y creando un grave sufrimientos en los pensamientos y las sensaciones de muchos ciudadanos.
       Todo ello ocurre así y es una creencia relativamente compartida. Pero, sin negar la materialidad de esos ejemplos y aunque duela por sus efectos, cabría preguntarse reduplicativamente si a esas afirmaciones no veraces se puede aplicar sin más el concepto de falsedad. “En medio de un gran tumulto de la Asamblea popular, que impedía escuchar las voces de los oradores, Tiberio Cayo Graco indicó con un gesto de la mano su cabeza, queriendo significar que estaba amenazado mortalmente, pero sus enemigos informaron en seguida al Senado que el tribuno había pedido para sí la corona de rey”.

Publicado el día 11 de Noviembre de 2016

De lo verdadero y lo falso

        Normalmente cuando se reflexiona sobre la verdad o la mentira se suele empezar con el famoso sofisma de Epiménides. Este que, como se sabe, era un habitante de la isla de Creta había afirmado que “todos los cretenses son mentirosos”, lo que llevaba a que, siendo él uno de ellos, también lo era y por tanto no podía ser verdad lo que estaba diciendo. Pero, si todos los cretenses son veraces, cuando un cretense afirma que todos los cretenses son mentirosos está diciendo la verdad y por tanto todos los cretenses son mentirosos. Al margen de la contradicción lógica de este viejo y famoso silogismo, todo esto venía a cuento de que, entre los griegos, era opinión común que los cretenses eran muy mentirosos, algo así a como nosotros decimos ahora que si los españoles somos tal o los ingleses tal otra cosa. Tanto lo creían que se creó un verbo en griego “cretear” que significaba “comportarse como un cretense”, es decir, mentir. Incluso san Pablo, en la epístola a Tito, (¿dogma de fe?) recoge el dicho completo de Epiménides: “Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos” y asegura que todo eso es verdad. Hasta tenían un dios, decían las malas lenguas, para los ladrones. Todo, naturalmente, una exageración.
     Pero lo curioso de la situación era que, a su vez, los romanos a quienes les adjudicaban ese comportamiento era a los griegos. Tras reconocer sus innumerables virtudes, acababan señalándolos como mentirosos. Cicerón, por citar a un autor muy conocido, muy enfadado, después de elogiarlos como conocedores de muchas artes, poseedores de una gran agudeza de ingenio y otras cualidades por el estilo, decía: “pero el respeto por la verdad y los testimonios esa nación jamás los ha cultivado”. Juicio de opinión muy duro, que también repiten otros escritores. Y un poco para justificar toda esta historia aducían datos y referencias literarias, destacando entre ellos, por ejemplo, cómo uno de sus personajes míticos más representativos, Ulises, se había pasado la vida mintiendo y hasta asegurando que él era también cretense.
      Lamentablemente (o felizmente, no se sabe) todo esto de la verdad y la mentira es tan complejo que poco se puede aseverar con seguridad. Cuando alguien (Por aquello de jurar decir toda la verdad…) le está diciendo al juez que el garrote que tiene en la mano está nuevo, siempre alguien puede apuntarle, pues métalo en el río y ya verá.

Publicado el día 28 de octubre de 2016

De préstamos y deudas

           Si bien se mira, resulta sorprendente observar cómo el asunto de las deudas, de pagar a otro lo que se le debe, no haya tenido la debida consideración estudiosa pese a ser desde siempre uno de los indicadores más significativos de la estructura cultural. Y, habiendo sido, además, uno de los problemas que ha traído más de cabeza a lo largo de la historia a unos y a otros. Cuando se juega, medio en broma y medio en serio, a averiguar cuál ha sido el pecado más antiguo, nunca se habla de todo esto, de débitos, préstamos, pagos y escaqueos de los deudores. Y, sin embargo, desde las tablillas y los pergaminos, es uno de los problemas que ha ocupado el mayor interés y exigido la mayor atención.
      Códigos de más de 2.000 años de la era antigua, muy anteriores incluso al de Hammurabi que es el más completo y famoso (1.700), según los cuales había que vender a la familia y hasta a uno mismo para la extinción del préstamo. El historiador griego Heródoto cuenta que, en Egipto, allá por el año 2500, cuando era faraón Asiquis, que uno sólo podía recibir un préstamo dando como garantía el cadáver de su padre; y quien facilitaba el préstamo se convertía, de paso, en dueño de toda la cámara mortuoria del contrayente; y, si persistía la deuda, no podía a su muerte recibir sepultura en la tumba paterna hipotecada ni en ninguna otra. Solón, el gran político griego del siglo VI, ha pasado a la historia, entre otros motivos, por la prohibición de que las personas pudieran transformarse en esclavos como garantía de sus préstamos. A todo esto ha prestado atención en alguna oportunidad esta columna, destacando cómo hasta lo más sagrado se ha visto afectado en esta quiebra. Pero la actualización de los sistemas de endeudamiento y cobro requieren tener la puerta abierta a novedades acordes al momento tecnológico presente. Lo último, para chicas, consiste en entregar “selfis desnudas a prestamistas contactados por internet que serán divulgados si el dinero no es devuelto con puntualidad”. Cuando lo virtual se puede manipular a voluntad.
          Lo que le interesaba sobre todo al escritor francés Balzac cuando alquilaba una vivienda era que tuviese puertas ocultas por las que pudiera escapar cuando empezaran a llegar los acreedores a cobrar las deudas que, después de unos negocios imposibles, iba dejando por todas partes. Curioso sería saber cómo se comportaría en circunstancias como la presente.

Publicado el día 21 de octubre de 2016