Llegaron los sarracenos

       De un tiempo acá da la impresión de que poco a poco van ganando los malos, despacio pero sin pausa van consiguiendo territorios y estructuras públicas, mientras nosotros, los buenos, vamos perdiendo posiciones y posesiones en los sistemas sociales, políticos y económicos. La relación, la que llamamos habitualmente lista, de los que forman ese grupo de ganadores empieza a repetirse, de memoria y por el mismo orden, siguiendo, por lo general, un criterio cronológico, que, de momento, termina en Trump. Además, se da el caso de que, al ser los malos, tienen que hacer maldades porque de otro modo ya no serían ellos mismos. ¿Y qué tipos de perversiones construyen para conseguir la victoria? Pues cambiando de nombre a un viejo vicio, llamando a la mentira posverdad o realidad alternativa. Con lo que consiguen muchos votos. (En algunos casos, tantos que hasta los que van a salir perjudicados con el nuevo orden colaboran. En USA, por ejemplo, se van a quedar sin cobertura sanitaria muchos de los que votaron a los republicanos).
      Hans Magnus Enzensberger, notable y conocido pensador alemán, está convencido, y lleva muchos años diciéndolo, que las guerras convencionales y clásicas entre Estados se han terminado y que han sido sustituidas por lo que él llama “guerras civiles moleculares”. Ni siquiera se conoce el número de las que hay en cada momento, pero el mundo, asegura, está lleno de conflictos de esta categoría. Y no ya en las antípodas, sino que “están presentes en las metrópolis, y sus metástasis forman parte de la vida cotidiana de las grandes urbes”. Las tenemos aquí, entre nosotros, y no necesitan justificación ideológica sino que se apoyan en frases redondas que no tienen significado alguno.
      No viene mal a este momento de la reflexión recordar la sarcástica redondilla anónima, tantas veces repetida: “Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos”. Porque, dejando la teocracia a un lado, viene a determinar que es el número de participantes lo que hacen propicios los hados y genera las ventajas generales. Cuantos más, mejor. Así los malos se justifican en que son muchos, y nosotros, los buenos, (¡faltaría más!) en la democracia. Que precisamente se basa en el poder de las mayorías, salvaguardando, claro está, a las minorías. ¡Menuda paradoja y grave aporía! De buenos y malos. Y de malos y buenos.

Publicado el día 24 de marzo de 2017

El lujo, cierta calamidad

      Para tratar de entender muchos de nuestros comportamientos actuales, en ocasiones es muy útil repasar los modos de vida de que gozaban y sufrían los cazadores-recolectores, es decir, nuestros antepasados, más o menos desde unos diez mil años para atrás, lo que se llama el paleolítico. Decenas de miles de años durante los cuales ocuparon su vida y obtuvieron su supervivencia cobrando animales y recogiendo las cosechas que el campo les brindaba, o sea, viviendo de la caza y la recolección. Y acomodando su vida individual y social a estándares propios de sus circunstancias, normalmente el nomadismo y la conquista de nuevos espacios, mientras iban descubriendo, poco a poco, procedimientos y mecanismos que facilitaran sus laboriosas tareas. Así las cosas, algún antropólogo considera que en ese proceso de mejora de su primitiva tecnología el lujo era el sistema de consolidación de cualquier nuevo invento o sistema que les permitía dar un paso adelante en el desarrollo de su civilización.
     Hoy con ese término hablamos de algo diferente. Hoy el lujo incluye dos variables conceptuales: por una parte, demasía y abundancia de cosas no necesarias y, por otra, la implicación social de un signo de distinción de quien no quiere ser igual a los demás y que, con mayor o menor fortuna, desde la superioridad trata de singularizarse de entre los que están a su alrededor. También se sentía ese mensaje de prepotencia en la época de cazadores-recolectores, cuando alguna tribu o alguna tropilla descubría algo que les facilitaba el trabajo y les hacía más fuertes y dominadores que los de al lado. Pero hoy lo que entendemos habitualmente por lujo es algo más complejo que de entrada encierra una grave contradicción. Porque este afán de querer formar parte de un grupo reducido de sobresalientes o destacados (por lógica, cuanto más reducido es el grupo, más relevantes son quienes lo integran) implica la contrapartida de que, al ser muy pocos, resulta más escasa la ventaja económica que produce.
    En ese equilibrio de distinción y de beneficio económico, de consumo ostensible (Thorstein Veble) de objetos y experiencias (Yves Michaud), el lujo, también el menor, el tópico y el distópico, el de cada rincón incluso cutre, revela fragilidad en el individuo que, queriendo ser superior y diferente, acaba en esto último y no en lo otro. Lo que no es útil para nadie sino, más bien, una calamidad.

Publicado el día 10 de marzo de 2017

Hablar con sabiduría e ignorancia

        Gustavo Flaubert, más famoso por su novela “Madame Bovary”, es autor de otros textos, entre los que cabe señalar uno muy singular, apenas conocido. Se trata de un diccionario, por cierto incompleto porque no le dio tiempo a terminarlo, en el que incluye lo que llama “lugares comunes” o “ideas recibidas”. Flaubert siempre anduvo casi obsesionado con este trabajo en el que incluyó frases más o menos elegantes, repetidas mecánicamente una y otra vez a través del tiempo, muchas de ellas contradictorias entre sí y, por lo general, vacías de contenido. Se cuenta que la cosa le vino porque, siendo joven, se sorprendía ante “las simplezas y tonterías que desgranaba en su hogar una vieja amiga de la familia” una y otra vez. La finalidad de esta tarea fue, sin echar sermones ni discursos, reprender a quienes tratan de explicar el mundo con esa metodología, con talante de papagayo, poniéndoselo delante de su mente para ver si se daban cuenta de su ridiculez.
       A día de hoy este fenómeno, ante el aumento de relaciones estereotipadas que las nuevas técnicas de comunicación están abriendo, cada día tiene más presencia. Los consabidos matrimonios de palabras: toda sequía es pertinaz; toda curiosidad, malsana… Albión siempre pérfida y la ambición, loca. Y, si entramos en el lenguaje de los locutores de acontecimientos deportivos, en especial el fútbol, los tópicos (“no tememos al otro equipo, lo respetamos…”) están repetidos millones de veces. Agregar a Aquiles "el de los pies ligeros" permite hacer creer que uno ha leído a Homero. El asesino siempre es cobarde y el perro, el mejor amigo del hombre.
        A Flaubert le siguieron otros famosos escritores con diccionarios similares y el asunto ha dado pie a un debate técnico en el que, para desánimo de los perezosos que siguen apoyándose en estas muletas polémicas, predominan especialmente dos conclusiones científicas. Una, que “los individuos con escasos conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas”, que, como aseguró Darwin, “la ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento”. La otra se refiere a la pasión con que se defiende algo y enuncia que esta, asociada a una discusión, “es inversamente proporcional a la cantidad de información real de que se dispone”. Así es que necesitamos cien ojos para defendernos dialécticamente.

Publicado el día 3 de marzo de 2017

Fantasía pro Urdangarín

       El Gran Khan, que era el dueño del jardín prohibido, “jardín de gran extensión, muy bien rodeado con un alto muro de muchas imágenes”, se vivía y se sentía a sí mismo como propio de una raza de origen superior. Y ya no es que esta vivencia la dedujera por vía de razonamiento, era, sobre todo, un convencimiento que llamaríamos por sentido emocional de totalidad. Como si hubiera sido Naturaleza misma la que hubiese venido en su favor mediante algún dios u otra fuerza sobrehumana. Era el orden natural de las cosas, de manera que unas surgen de la mente y las demás del barro de Pandora y Epimeteo, ni siquiera de Prometeo. (De ahí el tú natural frente al vos con que debían responder los efímeros, según palabra de Esquilo). Y fue allí donde se escuchó la voz imperiosa, altiva y necesaria: “¡Cómo tienes a mi hija en un piso de 300 m2 cuando ha vivido toda su vida en un palacio!", único lugar apropiado para morada de los que Naturaleza hasta cambió el color de su sangre.
       El efímero había sido arrebatado e introducido al jardín, mediante el sueño, “Y así yo podría traer de testigo / un autor famoso llamado Macrobio / que nunca a los sueños tuvo por quimeras”. Andaba cual mortal común, embebido en superficiales entretenimientos, cuando fue arrastrado al lugar de los supremos (“vino a franquearme una noble joven / que era por demás hermosa y lozana”) donde debió pasar una etapa de aprendizaje imprescindible y de grave martirio para alcanzar el lenguaje de las aves y demás moradores del lugar. (Un aprendizaje paralelo a otro que surgió del famoso “ahora me toca a mí”, herejía mayor que la cual nunca pudo producirse en el olimpo hispano). Purificados el entendimiento y los fervores mediante todas las exquisiteces que soñar se pudiera, creyó haberse tornado en deidad lo que carne perecedera había nacido. Y en una metamorfosis apurada y apresurada apareció un nuevo ser cuya arrogancia desbarató honores y cargos deportivos. Y que, al decir de los viejos y sabios, caso de no ser muy inteligente y poco letrado, caería para siempre en la mayor inanidad.
         Y así, tras serle negada una ayuda solicitada, se enfrascó en cumplir el designio del Gran Khan, como era su obligación y su necesidad, convencido de que no había otra tarea más noble que esa obediencia infinita. Fue de esta manera como nunca fue capaz de entender lo que decían los precarios y los breves que le estaba pasando.

Publicado el día 24 de febrero de 2017

Alguna duda sobre la verdad

        La desazón que a muchos está causando todo lo que se está diciendo y escribiendo sobre lo que se ha dado en llamar la posverdad o, de otra manera, los hechos alternativos, no tiene pinta de que se cure fácilmente. Y, menos aún, de que sea una polémica pasajera que pronto va a pasar al olvido. Aparecerán nuevos términos para seguir con la discusión, que es real y sin duda terrible. Y es que, si uno analiza el entramado filosófico e histórico que subyace a esos conceptos, puede caer en una depresión incurable si su deseo es, como parece lógico, que se cumpla el principio de que lo que es verdad es verdad y lo que no lo es pues no lo es. O sea, una clara línea roja entre la verdad y la mentira. Es lo que los filósofos llaman el principio de contradicción que viene a decir técnicamente lo que muchas veces decimos de broma, que lo que no es no es y, además, es imposible.
      Pues no son tan sencillas las cosas como nuestro sentido común parece indicarnos. Y tampoco es novedad esta controversia teórica que ahora nos tiene enganchados. Ya, desde el comienzo del pensar reflexivo, se están planteando cuestiones sobre la verdad y lo que esta es y significa. (Un libro publicado a finales del siglo pasado ya incluía casi treinta concepciones diferentes sobre el concepto de verdad). Fueron los griegos los que se ocuparon con intensidad de interrogantes sobre el pensar discursivo, sobre lo que es y no lo parece o lo parece y no lo es. Ejemplos para mostrar estas contradicciones los hay a montones, pero, por elegir uno muy conocido, valga el que los manuales llaman “el problema de Protágoras”.
        Este había enseñado a ser abogado a un discípulo y lo había hecho a condición de que, cuando ganase su primer pleito, le pagaría. Pero este, ingrato, decidió abandonar el derecho y, por tanto, no pagarle lo que le debía. Enfadado Protágoras por la deslealtad y la no cobranza, decidió demandarle. Pensaba que, si ganaba el juicio, cobraría y, si lo perdía también porque sería el primer juicio ganado por el discípulo, que entonces tendrá que pagarle. Pero muy otro era el razonamiento del discípulo: si perdía el juicio, no se daba el requisito previsto y le liberaba de su compromiso y, si ganaba, pues tan pancho. La paradoja ha sido estudiada y analizada en multitud de ocasiones y hasta utilizada en algún juicio. Todos estos juegos del lenguaje y la mente pueden producir mucha preocupación.

Publicado el día 17 de febrero de 2017

Corbyn, Hamon, ¿Pedro?

      Lo cuenta el historiador Heródoto cuando describe cómo estaba la situación política en Atenas en el siglo VI. Un día del año 550, el tirano Pisístrato, que había sido derrocado por la alianza de los otros dos partidos de la oposición, decidió utilizar una gruesa estratagema para volver al poder. Solicitó a una mujer, llamada Fía, de una estatura alrededor de 1,70 “y, además, agraciada” y la vistieron con la armadura adecuada, la subieron a un carro, y le indicaron cómo debía comportarse. Antes, por todas partes, fueron enviados heraldos (las redes sociales de la época) anunciando que la diosa Palas Atenea, protectora de la ciudad, había acudido en persona a proclamar de nuevo a Pisístrato como tirano de la ciudad. Los atenienses se lo creyeron y lo aceptaron como tal.
      Tras el gobierno de Solón, muy elogiado por haber dado los primeros pasos democráticos con el principio de que las leyes han de ser justas y haber iniciado el pensamiento de que todos son iguales ante la ley, aparecieron en Atenas dos partidos, de sobra conocidos y citados. Ambos representaban corrientes ideológicas e intereses de zonas de la ciudad en la que se distribuían los ciudadanos según sus condiciones sociales, culturales y económicas. Tal como de alguna forma sigue sucediendo a día de hoy. Uno, llamado de la costa, integraba a las llamadas clases burguesas. El otro, de la llanura, estaba formado por latifundistas, aristócratas, la nobleza y constituía, como es de prever, la derecha conservadora. Así las cosas, la gran tarea de Pisístrato fue fundar un tercer partido, la montaña, para recoger e incorporar a la vida pública al proletariado urbano y campesino.
      Los personajes, inglés y francés respectivamente, citados en el título, surgen en triunfo en una votación colectiva universal, dentro de su partido, y representan lo que se denomina la izquierda, que algunos describen como inconsistente por soñadora de lo imposible y rígida por su incapacidad de acuerdos. Acumulan los sectores más radicales y viven de enfrentamientos con sus aparatos. Pisístrato luego fue un muy buen gobernante para todos (el término tiranía no tiene el actual sentido depravado) y lo hizo, al margen de la procesión referida, porque pactó con Megacles, líder de la costa. Bien es verdad que detrás hubo asuntos privados, pero a fin de cuentas el acuerdo le salvó, a él y a Atenas. ¿Podría formar el trío Pedro Sánchez?

Publicado el día 10 de febrero de 2017