¿Una filosofía paliativa? (y 2)

      A la filosofía la especie humana, desde el principio, le ha venido pidiendo ayuda. Los hombres, los seres humanos, tan precarios, tan “efímeros”, de siempre hemos creído que este saber de tan elevado rango nos podía echar una mano a la hora de aclarar en lo posible lo que un filósofo europeo definía en un interesante libro como el puesto del hombre en el cosmos. Y esto se ha hecho, especialmente, en los momentos duros de la historia, cuando casi todo en lo que se creía y en como se vivía, se venía abajo. La caída del imperio romano, al aparecer como dominación pueblos con mentalidades, costumbres, formas de vida y creencias tan diferentes, puede ser un ejemplo. Es sobre todo en esos momentos cuando se solicita ayuda a la filosofía y se formulan doctrinas que tratan de paliar la angustia de quienes viven en esos momentos.
      Precisamente una de las demandas que se le hacen, y que ya viene de muy antiguo, se podría resumir en que, como se decía entonces, “salve a la ciudad”. Salvar la ciudad, (la comunidad, el Estado, la vida en sociedad…) significa aportar un conjunto de ideas y de principios que, tomados en serio y aplicados con rigor, faciliten la convivencia de todos los ciudadanos, cualesquiera sean las ideas y los estilos que practiquen. Porque la ciudadanía, ser ciudadano, es una cualidad simple y elemental para la que se requiere como único requisito, sugería Aristóteles, “participar en la administración de justicia y en el gobierno”, es decir, ser activo dentro de la multitud de formas de participación. Hablamos, por supuesto, de una democracia real y al alcance de todos.
        Pero esta condición de democracia y, por consiguiente, de ciudadanos, exige un grupo de ideas, de una filosofía, como dice Manuel Cruz, “al alcance de todos y que no puede ser mera pirotecnia”. La filosofía, y las normas derivadas de esta, han de ser consistentes y, además, asumidas e interpretadas con el mayor rigor y autenticidad. De otra manera todo puede acabar en el caos y en la plena confrontación de unos contra otros. Por eso sorprende tanto la charlatanería impropia con que determinados y significados personajes, con alevosía y para salvar su imagen, descalifican globalmente el sistema, y las normas derivadas que rigen nuestra vida en común. ¿Una filosofía paliativa?, por supuesto pero en serio. Y es que, como dice Sancho muy certeramente, donde no hay tocinos, no hay estacas.

Publicado el día 15 de junio de 2018

¿Una filosofía paliativa? (1)

    Boecio fue un filósofo romano, a caballo de los siglos V y VI, que compaginó esta condición con tareas como estadista. Aunque él se consideró siempre inocente, motivos políticos le llevaron a ser condenado a muerte. Un año, más o menos, pasó en prisión esperando el cumplimiento de la sentencia y, mientras tanto, escribió un tratado que pasa por ser su obra más conocida: “Del consuelo de la Filosofía”, un texto en el que ésta, representada por un personaje alegórico femenino, dialoga con el protagonista, aclarándole el problema del destino, de por qué los malvados logran recompensa y los justos no, mientras trata de suavizar su aflicción mostrándole la verdadera felicidad, es decir, ejerciendo de filosofía paliativa, al cubrir mentalmente los desajustes ideológicos y vitales que el condenado tenía sobre sí.
      No siempre, sin embargo, fue así. La filosofía nació como reflejo que recogía en su sombra y bajo su patrocinio no sólo el grueso de las preguntas últimas, escatológicas y definitivas, como aquellas que formuló Manuel Kant (lo de dónde venimos, a dónde vamos… ¿qué es el hombre?) sino que nació por la necesidad de dar sentido bajo su paraguas a todos los saberes que la especie humana iba descubriendo. Era entonces un saber de saberes y doctrinal que resumía las pulsiones humanas en un montón, aunque, en realidad más de preguntas que de respuestas.
        Pero la vida de este edificio teórico original se fue complicando cada vez más, al tiempo que la existencia mundana se llenaba de desajustes. Y entonces empezó otra forma de vivirla. se le fueron exigiendo mayores y más eficaces prestaciones, de forma que no solo cubriera los retos teóricos del saber. Como fue el caso de los padres de Edesio, un joven brillante hijo de una familia venida a menos y en el que confiaban sus progenitores para superar la crisis económica por lo que lo enviaron a estudiar a Constantinopla, que por entonces era lo más de lo más en la sabiduría. La cuestión es que, a su vuelta, el padre descubrió horrorizado que su hijo se había dedicado a la filosofía, y empujado por la grave decepción decidió echarlo de casa. Y fue justo en ese momento, al salir por la puerta, cuando se le ocurrió preguntarle: "¿Qué provecho te aporta a ti la filosofía?" Edesio se volvió y le contestó: "No es pequeña cosa, padre, haber aprendido a respetar al propio padre, incluso cuando lo está echando a uno de casa."

Publicado le día 8 de junio de 2018

Cínicos y cinismo

      De los siete discípulos principales que tenía Sócrates, muerto en 399, algunos fundaron sus propias escuelas filosóficas. Uno de ellos fue Antístenes, cuya doctrina y modo de vida se extendió durante dos siglos con el nombre de “escuela cínica”, siendo de entre sus seguidores el más famoso Diógenes de Sínope. Los cínicos representan desde entonces una corriente de concepción teórica y de usos vitales muy distintivos: despreciaban la palabra y trataban de mostrar sus convicciones éticas y filosóficas a través de una vida que llamaríamos extravagante. Y, desde una vivencia a ultranza de la libertad personal, con sus modos existenciales defendían posiciones políticas, éticas y sociales de contraposición a los valores impuestos desde la estructura de poder y dominio. “Una autosuficiencia rebelde y ácrata, una burla despiadada y desafiante”.
    Desde entonces a hoy muchos movimientos de estructura ideológica similar han surgido en la historia, moviéndose en actitudes rompedoras y disruptivas. Cínicos o rebeldes o moralistas, tanto a la derecha como a la izquierda, no se crea, los ha habido siempre y son, entre otras cosas, una forma, discutible desde luego, de oxigenar el pensamiento avasallador, único y asfixiante.
     Pero las cosas han cambiado. La respuesta la da un filósofo alemán, Peter Sloterdijk, quien desde su “Crítica de la razón cínica” expone cómo “el cinismo pasó de ser una insolencia plebeya a una prepotencia señorial, algo que se expresa en múltiples aspectos pero que resulta ostensible cuando observamos cómo la ironía dejó de ser un desafío al poder para ser el síntoma de la prepotencia de quien ya no le alcanza con tenerlo todo sino que ha decidido mostrarlo y humillar al que nada tiene… El cinismo moderno es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada. El señor cínico alza ligeramente la máscara, sonríe a su débil contrincante y le oprime. Tiene que haber orden… El cinismo señorial es una insolencia que ha cambiado de lado.” Es decir, el cinismo ha pasado de ir de abajo a arriba a convertirse en modo de dominio de quien siempre ha mandado, controlado y explotado ideológica, moral y hasta económicamente. Esa ha sido la gran transmutación que han traído los tiempos modernos, la “revolución” de hoy. (Aunque en verdad Hesíodo, hace unos veintiocho siglos, ya nos contó la fábula del halcón poderoso y opresor y el ruiseñor cautivo).

Publicado el día 1 de junio de 2018

Irse de político

       El amigo dice, y reafirma, que el líder de Podemos está deseando abandonar todo y marcharse a otro tipo de trabajo, dejando lo relacionado con el poder, el liderazgo y todo lo demás. Y no lo dice ahora por aquello de la discutida casa, de la que hasta hay quien opina que un piso de tipo medio vale en Barcelona lo que ha pagado esta familia, sino que la decisión viene de antes. Considera el amigo que el protagonista hace tiempo se ha ido dando cuenta de que el juego político no es el juego escénico que pensaba; que la política exige mucha fortaleza; que por otra parte o se hace una revolución total, que al final no sirve para nada, o la eficacia de cambiar las cosas dentro de las instituciones nacionales es muy discutible y muy escasa; que mantener encendida a la masa es harto difícil porque ésta siempre pide hasta lo descabellado; que luego está el fuego amigo… total que no merece la pena y que lo mejor es abandonar la faena. Pero ¿cómo y sin sufrir un grave deterioro? Ahí está la clave de su sufrimiento actual: marcharse pero sin mancharse. Esto asegura el amigo.
        Lo de irse de político es un asunto de la más alta relevancia que pocas veces se medita con cuidado. Más allá del tópico, cierto desde luego, de lo que suele llamarse “las puertas giratorias”, ese juego de paso franco de lo público a lo privado, muy rentable por cierto, poco se habla del abandono del poder, una posición en sí misma contradictoria ideológica y conceptualmente pues el poder o es absoluto o no lo es. Lo que ocurre es que, marchándose, no se abandona este, que en verdad no se posee, sino la influencia, el dominio, ejercitado mediante el funcionariado político. En lides de simulación en verdad muy acabada. Porque, como dice Max Weber, el cuadro administrativo que representa hacia el exterior a la empresa de dominación política no está vinculado con el detentador del poder por ideas de legitimidad sino retribución y honor social.
        Sila es el dictador romano, del que mucha gente asegura, por supuesto con exageración y algo de inexactitud, que ha sido el único en la historia que voluntariamente renunció a la máxima legislatura. Y se cuenta que, cuando se dirigía a su casa libre del poder, un hombre le insultó por la calle reprochándole el abandono, a lo que el ya exmandatario respondió: “¡Qué imbécil! Después de ese ademán, no habrá ya dictador en el mundo dispuesto a abandonar el poder”.

Publicado el día 25 de mayo de 2018

La verdad, en la filosofía

       ¡Lo que faltaba! podrá exclamar cualquiera, viendo, que si, además de todas las fatigas que está dando la difícil tarea de clarificar lo de las noticias falsas, nos metemos ahora nada menos que en filosofía. Y, aunque de entrada esta objeción parezca tener algún fundamento, ello es solo aparente porque, para resolver lo que estamos tratando, es indispensable ocuparse de conceptos como realidad y otros similares de que trata la filosofía. Si el objetivo es o bien eliminar las informaciones mentirosas o, cuando menos, poder detectarlas, no podemos soslayar lo que debe ayudarnos en la faena por muy arduo que nos parezca. Imaginemos que o no tuviéramos memoria o llegara a la tierra un extraterrestre desconociendo nuestra física, y mostramos un palo sumergido en el agua: los dos protagonistas tendrán claro que esta es la situación permanente del tronco, su estado natural, la segura realidad, doblado. Pero ¿lo es?
         Mucha gente docta y también entidades institucionales están trabajado en este embrollo que, de pronto, parece haber seducido a casi todo el mundo. Porque, claro, molesta bastante que se extienda por las redes sociales que, por ejemplo, “el ministro X viajó ayer a París” cuando dicho personaje no se movió del centro de Madrid. O, más todavía, cuando se reconoce que en la elección del presidente Trump intervinieron elementos rusos mediante la manipulación de informaciones. Disgusta y mucho. Y, como diría alguien con sensatez, cuando aquí no caben términos medios: o marchó a la capital francesa o no. Y en este dilema la verdad es clara y la falsedad también. Montemos, pues, procedimientos, andan buscando, que permitan interrumpir la divulgación del viaje, o en su caso no viaje, del referido ministro.
       Sin entrar en más matices, normalmente se entiende por verdad la coincidencia entre lo que ocurre y lo que se dice de eso que ocurre. Pero la realidad, lo que de verdad acontece, no siempre, más aún, casi nunca es a sí o no. Más frecuentemente se asemeja a la hipótesis referida del palo. Ya se ha citado en esta columna: en el ámbito de la filosofía, un libro recoge veintitantas teorías de la verdad en el siglo XX. Muy enredado y confuso todo. ¿Están entonces perdiendo el tiempo con ese afán? Seguro que no, pero un ventisquero de escepticismo y de derrota no se puede evitar. Como, por otra parte, ha pasado a lo largo de toda la historia. Aunque sin redes sociales.

Publicado el día 18 de mayo de 2018

Hablando de tonterías

        Como todo el mundo sabe, por experiencia propia y ajena, los humanos hacemos y decimos, con toda naturalidad, tonterías, muchas tonterías. Gómez de la Serna, en una greguería, hasta lo aconseja: “en la vida, dice, hay que ser un poco tonto porque, si no, lo son sólo los demás y no te dejan nada”.
       El caso es que, tras bucear por los muchos libros que sobre este asunto han sido escritos, podemos encontrar estos cinco principios generales. El primero es que todos decimos y hacemos a lo largo de nuestra vida un montón de ellas (este artículo quizá lo sea también); el segundo que, aunque haya cierto consenso en que algunas frases y cosas son dislates, esta consideración es en muchos casos subjetiva, es decir, que lo que para algunos es una solemne tontería, para otros puede ser una verdad como un templo; el tercero, que unos hacen o dicen más, otros menos: (por supuesto que a nosotros mismos, salvo que andemos con la autoestima por los suelos, siempre nos excluimos del primer grupo, siendo lo máximo asegurar que uno nunca lo ha hecho o dicho, aunque pensar o decir eso seguro que ya lo es); el cuarto señala que no es cierto que los personajes públicos digan o hagan más tonterías: lo que pasa es que, son mucho más famosas; y el quinto es que hay varias clases y géneros de tonterías.
     Y de entre todas estas modalidades una de las más perniciosas, por su aparente bobería, es la de las obviedades. Se utilizan tanto en la vida privada como en la pública y los personajes públicos tienen tendencia a creer que con ellas se ganan el favor de los ciudadanos (¿así… así?). Para distinguirlas basta con aplicarle el truco del “no, si te parece…”. “XX aboga por el pleno empleo”, dice un titular y uno en seguida está legitimado para pensar: no, si te parece, vamos a luchar por el pleno desempleo. XX defiende que las viviendas tengan un precio razonable, dice otro, que se debió quedar exhausto después de esa frase maravillosa: no, si te parece… España está por la modernización…: no, si te parece, vamos a que sea un país rancio, anquilosado en la prehistoria. Como éstas, aparecen cada día un montón: “estamos por la participación”, “defendemos una verdadera justicia social”, etc. Y en la vida privada el número de ellas es infinito. ¿Compleja y difícil cuestión? Voltaire advertía que “la parte más filosófica de las historias es hacer conocer las tonterías cometidas por los hombres”.

Publicado el día 11 de mayo de 2018