Un par de observaciones

    Entretenidos estamos. Una vez terminadas las fiestas y la enojosa y dura tarea de demonizarlas con discursos éticos y morales impolutos contra el consumismo (procurando los predicadores, eso sí, terminar los alegatos antes de que cerraran los comercios), ahora jugamos a otra cosa. Que acaba siendo la misma porque el debate sobre el populismo y la posverdad nos está cogiendo otra vez al hilo de acontecimientos que la agenda del mundo nos ofrece cada día. Populismo y posverdad, que preocupan con razón a mucha gente por la deriva que suponen en el juego democrático; las restricciones que imponen en el ejercicio de los derechos y libertades públicas; y el deterioro creciente en el Estado de Bienestar.
   Pero, aceptada la legitimidad de ese debate, que incluso debe ser principal, parece oportuno hacer un par de observaciones, no sea que, una vez más, lo inmediato nos ahogue y que, envueltos en graves disquisiciones de toda índole intelectual, acabemos aparcando otros asuntos también primarios. Y el primero de estos reparos está en que, abonados a estas disquisiciones más sociológicas y políticas, estamos abandonando casi toda referencia a los problemas y las cuestiones sociales que, por acuciantes, deberían tener un hueco permanente en el desarrollo del lenguaje público. Mucho hace que nos hemos olvidado, por ejemplo, del problema de los desahucios y apenas se hace referencia a esa fechoría tan infame de haber vendido a “fondos buitre” (¡vaya término!) viviendas sociales, al margen de los afectados.
      La otra observación imprescindible es que resulta necesario recordar que son ciudadanos concretos los que promueven estas corrientes, que el populismo y la posverdad son movimientos sociales resultado de decisiones individuales. Poco aprecio se ha hecho sin embargo de las informaciones que llegaban del Reino Unido cuando lo del referéndum de salida de la Unión Europea. Ciudadanos que reclamaban otra nueva consulta para rectificar su voto con el argumento de que, deseando continuar en Europa pero enfadados por algún otro motivo con su gobierno al tiempo que convencidos del resultado previsto en los pronósticos, habían votado a favor de la salida. Algo así como aquello que se contaba del recluta, que, enfadado con sus mandos por un castigo que creía no haber merecido, dejó de cenar con el argumento de que “se fastidie el capitán”. El dislate de no medir las consecuencias.

Publicado el día 13 de enero de 2017

Los dueños de las fiestas

       La imagen que en principio proyectan las que genéricamente podemos llamar ferias y fiestas difiere en mucho de lo que encierran en su seno y en su sentido. Como ya se ha recordado en otra ocasión, en un cuento de d. Juan Manuel se narra que había en Córdoba un rey moro llamado Alhakem que solo se ocupaba de “comer, folgar et estar en su casa vicioso”. De la misma forma que de Juan II decía Fernán P. de Guzmán, que nunca fue “industrioso ni diligente en la gobernación de su reyno”. Cuentecillos que contraponen las obligaciones del trabajo a la holganza, mientras que, por ejemplo, en el imperio romano, “había un tiempo para cada cosa y el placer no era menos legítimo que la virtud”, asegura Paul Veyne, en este caso con la incompatibilidad entre la virtud y el placer, por la declaración implícita de que este pueda encerrar modales virtuosos.
        En estas y otras incontables referencias puede apreciarse el trasfondo ideológico que las ferias y fiestas, las diversiones en general, arrastran. Porque, no siendo estas actividades y prestezas un fleco marginal en la vida del hombre sino una parte esencial de su naturaleza y de su existencia, ofrecen un interés extremo a todos los poderes que, a la vista de sus ventajas y beneficios, se esfuerzan en ejercer su dominio. Mientras simulan un ambiente suave, son un terreno muy propicio para sufrir controles, sobre todo de conciencia.
      A lo largo de toda la historia y todas las civilizaciones, los poderes públicos civiles y los eclesiásticos, en armonía en determinadas ocasiones, han intentado controlar los ritos de celebración. En nuestro país, en los últimos siglos, ha sido notorio el poderío que han tratado de ejercer, en especial de las comedias (sobre lo que hay una pasmosa literatura de datos), incluso aplicando el tribunal de la Inquisición. Como dice el discreto Domínguez Ortiz, “manejando el entenebrecimiento del horizonte vital y un concepto apocalíptico del mundo favorecido por eclesiásticos más celosos que discretos, que veían pecados en las más inocentes ocasiones de diversión, bien secundados por miembros de las oligarquías urbanas dueños de los municipios y partícipes de sus ideas”. Como el ridículo y casi estrafalario intento sobre el Halloween y, en estos días, tratando de imponer una única lectura de la Navidad en lugar de dejar que cada uno cree la suya propia: religiosa, solidaria o consumista. Como desee.

Publicado el día 6 de enero de 2017

El nuevo Neolítico, ya (y 4)

       El Neolítico supuso dos cosas, una derivada de la otra. Nuestra especie (cromañón) empezó a manipular la evolución, que si mejoro este trigo o domestico a esta oveja, y con ello su organización social, política, económica y moral se fue modificando paulatina pero completamente. Ha pasado el tiempo yahora nos encontramos con que nuestro poder ha llegado a tal extremo que nos vemos forzados a autodestruirnos para crear la siguiente especie que nos sustituirá, una más, se supone, entre las miles que tal vez vengan detrás. La evolución está empezando a dejar de funcionar a su iniciativa porque nosotros se lo impedimos, algo a lo que no podemos renunciar. Muy interesante sería saber por qué, si podríamos pararlo todo y ¡ale! a seguir sin progreso alguno. Por resumir de una manera plástica las experiencias de cada día vale lo que dice Ernest Cline, que los chicos crecen hoy dentro de un útero tecnológico. Y, por lo que vamos sabiendo, a la vuelta de la esquina, nacerán con el móvil en el cerebro y así desarrollarán toda su vida.
         La cosa es que el principio tecnológico sigue tirando de nosotros con el señuelo de lo que nos resuelve, que sin duda es verdad, pero lo que andan discutiendo los filósofos y los científicos, a la hora de diseñar el futuro, es básicamente si seremos nosotros los que nos modificaremos o vendrán los robots a sustituirnos. La filósofa Rosi Braidotti, que aboga por el ser humano con capacidades ampliadas, no quiere que esta cuestión quede en manos de Nick Bostrom y los ingenieros que trabajan en la inteligencia artificial, la otra alternativa. El debate está en eso, en si es una cuestión de inteligencia artificial o de inteligencia encarnada. Y a estas dos posiciones primordiales, habría que añadir muchas otras observaciones. Baste señalar que ya hay quien se plantea qué vendrá después de los post-humanos. Y Martín Varsavsky, que cree que, desde la llegada de la píldora, el sexo es para quererse, para divertirse, pero no para procrear, ha creado una ‘start up’ para tener hijos sin sexo.
       Duro resulta todo esto, pero ocultarlo es una hipocresía antropológica que no lleva a ninguna parte. Y muy ingenuo tiene que ser quien se toma a broma cómo un grupo, normalmente de jóvenes, andan todos juntos hablando entre sí con el móvil. Veremos (verán) solo dentro de 50 años. Porque del lío en que estamos metidos nos damos cuenta solo por lo alto. Nada más.

Publicado el día 30 de diciembre de 2016
 

El nuevo Neolítico (3)

       Sabido es, hablando de las llamadas nuevas tecnologías y los recientes hábitos sociales derivados que están surgiendo, que nuestros antepasados comenzaron siendo cazadores-recolectores. Para sobrevivir hacían, en expresión de un antropólogo de mucho interés, Y. N. Harari, como los chimpancés, los papiones y los elefantes: amaban, jugaban, competían por el rango social y el poder… y eran cazadores-recolectores. Comían y vestían de lo que encontraban, que por lo general les daba bastantes ventajas. No le iban mal las cosas, hasta que un día decidieron hacerse agricultores y ganaderos. Es decir, acordaron dejar de someterse a la selección natural, como sus hermanos y primos, y tratar de intervenir en ella. Es lo que se llama el período Neolítico y ocurrió hace unos 10.000 años. Desde entonces comenzó a dirigir, poco a poco desde luego y por supuesto dentro de unos límites físicos y biológicos, a la evolución, modificando el comportamiento de animales y plantas y sometiéndolos a sus deseos e intereses. Lo hizo Jacob, mejor o peor, y lo hizo la especie humana en general. Y, aunque hay quien considera que esa conducta, ese tránsito de conducta pasiva, aceptar lo que hay, a dominar activamente las cosechas y reordenar a los animales de acuerdo a nuestro beneficio, nos dio algunas ventajas pero también nos trajo dolor y sufrimiento, antes al contrario la doctrina común no tiene palabras suficientes para encomiar lo que se considera una epopeya y un paso glorioso y definitivo de los humanos.
       Todo esto es muy conocido, pero parece obligado recordarlo para situar la reflexión en su justo medio. Porque el caso es que, si hasta ahora la capacidad racional e intelectual de nuestra especie no pasaba de simple manipulación externa, ha llegado un momento en el que nuestra mente dispone ahora de recursos para modificar las estructuras internas (los científicos son los que deben precisar técnicamente esos procesos) de manera que ya se empieza a hablar, y cada vez con más fuerza, de una post-especie humana.
       Sería la segunda parte del salto evolutivo ya citado, un nuevo esprín en el que nuestra voluntad pasa a ser diseñadora de un mundo posterior. Y ello en dos dimensiones complementarias, tal como aconteció en el Neolítico. Las nuevas formas de producción nos transformaron de nómadas en sedentarios, con todas las consecuencias políticas, sociales, morales y económicas derivadas.

Publicado el día 23 de diciembre de 2016

La preparación del futuro (2)

         Si más o menos al mismo tiempo o sucesivamente, que ese es un tema que ofrece aristas cronológicas, es obvio que han sido varias las especies de homínidos que nos han precedido, quedándonos al fin solos como tales, tras la desaparición, hace unos 40.000 años, de nuestros hermanos los neandertales. Ya se ha sugerido en esta página que, tras homo habilis, homo erectus y toda la relación de estas especies antecesoras y anteriores, no hay ninguna razón objetiva, ni teórica ni práctica, ni poética ni científica, que permita asegurar válidamente que cromañón, (es decir, nosotros, por muy desarrollados que podamos considerarnos), haya de poner punto final a la vida superior en la Tierra, que nosotros seamos sus últimos moradores inteligentes y que con el fin de nuestra especie se cierre el ciclo de la evolución universal, además, si añadimos magnitudes tan cósmicas y tan reales como, por ejemplo, los cinco mil millones que aún le quedan al Sol para consumir toda su energía. Ni somos tan importantes ni tan portentosos para tan inmensa tarea, siendo a su vez el Sol lo que es en el Universo.
           Si se acepta este postulado teórico, las preguntas que surgen de manera lógica son, si es que puede prefigurarse intuirse o deducirse alguna información. las de cómo y cuándo aparecerá la especie que nos sustituya, y de qué modo se formará o qué procedimiento (genético, geológico…) podrá dar lugar a esta aparición, considerando, como es natural que, salvo cataclismo o alguna extinción masiva, lo razonable es un advenimiento lento y gradual de lo nuevo compartiendo especio con lo que hay. En todo caso mal podría prevenirse un cataclismo que revolviera geológicamente toda la tierra, aunque hay demasiados expertos que piensan que, tras otra extinción, la sexta, no tiene por qué seguir la especie humana. De todas maneras, lo que aquí se propone es una reflexión sobre el proceso interno y externo, individual y colectivo, de la especie humana que derivará en una especie superior (o, mejor, sucesiva, para no hacer juicios de valor).
          La cosa podría iniciarse quizá con el Génesis cuando Jacob recuerda a su tío Labán cómo han ido haciendo la selección natural para crear unas razas que distinguieran a los animales propiedad de uno y otro. El proceso en verdad era escasamente válido, infantil, podría decirse, por falta de conocimientos científicos, pero tiene su aquel y su alto simbolismo.

Publicado el día 16 de diciembre de 2016

La vida del futuro (1)

    Hondamente preocupados, en un extremo de la angustia de cada día, por las consecuencias del último Barcelona-Real Madrid y, en el otro, simplemente por sobrevivir cuando apenas se tiene con qué, pasamos la vida pendientes de lo inmediato, de las alegrías y tristezas que nos van llegando. Probablemente no hay tiempo para más ocupaciones. Por eso nos vemos casi obligados a desdeñar todos aquellos mensajes que nos llegan por un lado o por otro y también teorías que explican cómo va el mundo, si estamos destrozando el medio ambiente o qué está pasando con la organización social de la vida a cuenta de las modernidades que llegan a cada momento. A lo más, influidos por lo que nos alcanza de las nuevas tecnologías, nos preocupamos por conseguir el mejor móvil que podamos; por resolver a nuestra manera las demandas de los hijos, y, si acaso, soltamos alguna que otra frase, en forma de eslogan, para explicar, convencidos o no, nuestra interpretación del mundo. “El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive”, decía Dostoievski.
       Y no es una frase baladí, de esas que tachamos de literarias, como apreciando solo su belleza. Porque, ajena sin duda a nuestras cosas y a todas estas nuestras tareas, la vida, dirigida por la evolución, sigue por su cuenta a lo suyo avanzando en un proceso sostenido e irreversible y en el que lo de hoy ya no tiene ningún valor mañana. Y sometiéndonos, a pesar de nuestra inteligencia y de lo listos que somos, a sus ritmos y a sus caprichos. Estamos a final de año, cuando empiezan los balances de lo que se dispone y de lo que falta y, quizá, no es mala idea aprovechar la circunstancia para darnos cuenta de que, por mucho que nos desentendamos, es el momento de hacernos la pregunta de si están a la vuelta de la esquina los supra-humanos o los superhumanos. O los posthumanos, como otros dicen.
         Y es que, dejando a un lado nuestro orgullo de especie privilegiada, hemos de convenir en, al menos, dos cosas. Una, que no es inocuo lo que está pasando, o ¿acaso algún ingenuo cree que, por ejemplo, dentro de 50 años no estarán modificadas sustancialmente las relaciones humanas (ya empiezan a estarlo) con los nuevos sistemas de comunicación? Y la segunda, que en principio no hay ninguna razón objetiva que pueda justificar que la especie humana actual sea la última de la serie. Y todo ello, querámoslo o no.

Publicado el día 9 de diciembre de 2016