Movimientos de democracia. 2

    Sabido es que los pueblos griegos, convencidos de tener derecho natural a decidir su forma de vida pública, buscaban el sistema político que les viniera mejor para ser más felices y más afortunados. Dicho de otra manera, la revolución ideológica de esos pueblos consistía, primero, en cuestionar la organización política, en no aceptar sin más el absolutismo, casi siempre teocrático, que existía por doquier, y, después, en creer que el sistema podía y debía analizarse para mejorarlo en beneficio de todos. Porque, si en aquellos tiempos se hubiese preguntado a algún egipcio de a pie, a algún asirio de la calle, sobre la posibilidad de que su pueblo pudiese tener otra organización social, lo más seguro es que, tras mirarnos con cara de no entender la pregunta, se hubiese marchado a lo más demonizando nuestra cuestión: ¿que mandase alguien que no fuese el divino faraón? No era desde luego el comportamiento público en Grecia lo que hoy llamaríamos un democracia total por sus muchas carencias, pero sin duda esta visión de la vida representaba una isla en el mundo conocido… y desconocido.
    Planteada, pues, la posibilidad de un debate político, la conformación de cómo debe estructurarse mejor una sociedad de fines y medios para la felicidad y el bienestar común, ahora venía el cómo llevarlo a cabo. Por supuesto que, mientras en los referidos regímenes de autoridad total con ausencia infinita de debate la vida era todo comodidad en el ámbito doctrinal porque todo estaba lleno de certezas, los griegos tenían que andar ocupados, muy ocupados y preocupados, en encontrar las vías y los caminos para organizarse con éxito. Discusiones por aquí y opiniones diversas por allá llenaban su vida pública. Aceptado el principio obvio de que debían gobernar los mejores, la pregunta clave era la de cómo encontrarlos. Porque, en primer lugar, cómo sabemos quiénes son. Y luego, en segundo lugar, cómo los seleccionamos, quiénes son los listos que los seleccionan… y, a su vez, quién selecciona a estos listos… o sea, pregunta hasta el infinito. Problemas, dudas e incertidumbres.
    Encabeza un librito que acaba de publicar Daniel Innerarity (“Comprender la democracia”) afirmando que ésta presupone una ciudadanía que comprende y observa críticamente la política. Y se pregunta si estamos en condiciones de hacerlo. Parece que, con todas sus limitaciones, los ciudadanos griegos sí lo estaban.

Publicado el día 11 de enero de 2019

¿Movimientos de Dios? 1

    Aunque las síntesis históricas encierran una relativa subjetividad a la hora de enjuiciarlas y delimitarlas, sí parece razonable asegurar que, por razones que no son del caso, llevamos un tiempo del que bastante gente (¿mucha, poca?) se queja de que su mundo se desarrolla en un clima de desconcierto ideológico. Personas y colectivos a quienes gusta, y en ocasiones necesitan, para moverse por la vida en el ámbito de la conciencia, de taxonomías claras y precisas, de principios de sí o no y de blancos o negros se vienen lamentando de vivir en una época en la que faltan esos referentes. En ese terreno de juego algunos se han acogido a aquello de Ortega de que en realidad lo que nos pasa es que no sabemos qué es lo que nos pasa, y de esta manera han manifestado su pesar y quebranto por la referencia existencial en la que han venido viviendo.
   Y es que, aunque siempre ha habido de todo, como en botica, y no han faltado componentes y perspectivas de todo signo y condición, en verdad los momentos históricos se pueden calificar con colores diferentes y pautas diversas. Épocas ha habido en las que se han impuesto con mayor facilidad los códigos cerrados y en una sola dirección, mientras que en otros períodos la propia evolución de las cosas y el manejo que de ellas ha llevado a cabo el ser humano ha ofrecido al pensamiento más dudas que seguridades y más preguntas que respuestas.
   Ahora, sin embargo, de un tiempo acá, para tratar de resolver esas desagradables e incómodas percepciones parecen despertarse movimientos y tendencias (nada novedosos, por cierto) que como terapia tratan de imponer, con uno u otro ropaje acorde a las circunstancias, esquemas morales de certezas indubitables. Diversas son las formas de denominación de estas vibraciones que en un tótum revolútum, revoltijo que dice el diccionario, mezclando churras y merinas, aglutinan los diferentes ámbitos antropológicos (religiosos, sociales, políticos…) para acabar en un monismo moral destacadamente simplista. Pero, sobre todo, se mueven desde la garantía de contar con un colaborador indiscutible por sí y que indiscutiblemente está de su parte, de Dios… con cuya autoridad cuentan con todo desparpajo como colegas de mesa de camilla. Y cuyo mensaje interpretan de manera irrebatible y dogmática, atribuyéndose por tanto desde esa coordenada siempre la última palabra. Pero hablar y hacer así tiene sus peligros.

Publicado el día 4 de enero de 2019

Geometría blanca

     Mucha gente se pregunta cada día por qué el discurso político está tan lleno de aristas y de esquinas, por qué sus mensajes llevan aparejados, las más de las veces, unas dosis tan altas de agresividad y cuál es el motivo de que éstos no tengan otro ropaje más amable. Algo que no está reñido con el empuje dialéctico y la pujanza argumental. Esta percepción se nota especialmente en circunstancias significativas cuando la tensión emocional sube de tono y se carga el ambiente con ruidos estridentes. Porque en los momentos en que triunfan las graves dificultades y sólo queda decir que poco se puede hacer, es cuando más se aprecia la dureza inútil como forma de manejar dialécticamente los asuntos de la cosa pública.
   Ángel Ganivet, teórico de la vida política algo olvidado, habla de un tipo de ideas, "picudas" las llama, que dan vida a nuevas parcialidades violentas, que en vez de hacer un bien hacen un mal pues mantienen en tensión enfermiza los espíritus, e incitan a la lucha. Y sugiere que no basta con lanzar ideas, sino que antes hay que quitarles la espoleta. Precisamente este tipo de ideas, por la irracionalidad que arrastran y las configura, ni son creadoras ni favorecen la solución de los problemas. Como contraposición a las mismas, ofrece las ideas "redondas", aquellas que, solas, se bastan para vencer cuando deben de vencer.
     En este terreno de juego es muy fácil quemarse. Y por ello se están desarrollando frutales de lo que antaño se empezó por llamar "partidos blancos", que quieren arreglar las cosas por procedimientos exentos de formalidades, recordando que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos geométricos. A lo mejor, entonces, es que para reducir los ángulos agudos y reencontrarse con los ángulos rectos hay que cambiar de geometría. Y para cambiar los colores fuertes y sustituirlos por otros más profundos, resulta necesario cambiar también de paleta de forma que el blanco no agote todo el arco iris. A los griegos no les gustaban mucho las esquinas. No es que no las tuvieran, sino que cuando tenían que recurrir a imágenes para representar sus ideas, decían que la esfera era la figura que mejor interpretaba lo perfecto. Al fin y al cabo lo redondo es algo que empieza y termina en sí mismo. (Aunque, como todas las cosas tienen su aquel, ese es el gran peligro de lo perfecto: que uno se acabe olvidando de lo que anda por ahí fuera).

Publicado el día 28 de diciembre de 2018

Los pies del gato

    Hablando del gato, en verdad desconocemos qué hemos de buscarle si el tercer o quinto pie porque opiniones las hay para las dos alternativas. Porque el debate o la discusión sobre este punto no está nada claro. El propio Cervantes, en El Quijote, se inclina por la opción de los tres mientras otros autores entienden que de lo que se trata es de saber si a la cola se le puede calificar de pata. Por otra parte, buscarle pies al gato ya se sabe lo que significa: tentar la paciencia a alguno o, también, tratar de probar lo imposible mediante sofismas, que son razonamientos engañosos y embusteros. Es decir, enredar más allá de lo que en principio es razonable porque, aunque un poco de embrollo puede parecer tolerable y hasta, en ocasiones, simpático, pasarse de la raya de lo sensato ya no está bien.
    Y es que, aunque parezca mentira, discusiones como ésta del gato, tan trascendente y definitiva para el porvenir de la Humanidad, simbólicamente, andan por todos los medios de comunicación como si fueran lo más interesante para nuestra cultura y nuestra formación. No está claro cómo se ha producido, pero, mientras que antes lo que estaba en el disputa de la plaza pública eran las noticias, lo que ocurría, ahora lo que prolifera y parece importar es lo que unos y otros opinan sobre las cosas y los acontecimientos y no las cosas en sí y lo que ocurre en la realidad. Y es que, metidos en el berenjenal de hablar y hablar, por lo general no diciendo absolutamente nada y en otras ocasiones tergiversando a su favor lo acontecido o lo pretendido, pasa como en aquella anécdota del que iba por la calle preguntando a los peatones: "¿Oiga, es Vd. una persona cuerda?" y si alguien, seguro de sí mismo, contestaba que sí, le insistía: "¿puede usted demostrarlo documentalmente?" y, al no poder hacerlo (nadie va por la calle con el certificado de listo y sabio), el protagonista exhibía triunfante su propio certificado de alta en un manicomio, en el que había estado ingresado. Y es que muchas de las cosas que decimos son puras construcciones verbales que nada añaden a nuestro conocimiento de lo que ocurre en el mundo. Hablar por hablar,
     Tres o cinco patas del gato, como se ha dicho al principio, sigue sin estar del todo claro. Pero por hablar y discutir sobre el vacío, que no quede. Que no falte el alimento anímico que a fin de cuentas es lo que parece nos deja tranquilos. Y casi felices.

Publicado el día 21 de diciembre de 2018

Amores para relajarse un poco

     Sir Isaiah (Berlin, cumbre de la filosofía en el siglo XX) era ya un mocetón, que diríamos hoy. Siempre dedicado al estudio y la reflexión metafísica, abstraído, tímido, de exquisita educación, sin más vida social que sus relaciones profesionales de congresos y seminarios, y desconocedor del enjambre mundano. Así, hasta que un día (cuenta su biógrafo Michael Ignatieff), precisamente el del cuarenta cumpleaños que había pasado solo como un cabal solterón, se hace todo consciente de su situación de soledad y de madurez sobrevenida.

   Así es que, decidido a transformar su existencia y abrirse al amor y al sexo, mas desorientado por su falta de experiencia, inicia algún que otro romance, generalmente con esposas de sus compañeros y comportamientos propios de jovenzuelos: citas en iglesias, bibliotecas, pasillos… hasta que, en un momento dado, la cosa empieza a ponerse algo más seria y su conciencia le fuerza a hablar con el marido de su colega preferida: “estoy enamorado de tu mujer”, le dice. Pero este, totalmente escéptico: “Isaiah se ha vuelto loco. Pues no dice ¡que se ha enamorado de ti!” Pero había una verdad detrás de ello y, tras nuevos ligeros avatares, Hans Halban, que así se llamaba el marido, se pone en guardia y empieza a controlar a la pareja. Es entonces cuando nuestro protagonista, en una nueva conversación con el colega, le arguye que meter a alguien en una cárcel es estimularle el deseo. “Bueno, de acuerdo en que os podáis ver, pero solo una vez por semana”, sentencia definitivamente.

    Los lectores de Valle-Inclán recordarán cómo en “Martes de carnaval”, agregación de comedias-esperpentos, el autor incluye una con el título de “Los cuernos de don Friolera”, cuyo tema ya puede deducirse del enunciado. El teniente don Pascual Astete (don Friolera) recibe un anónimo, que supone con acierto de una vieja “con ojos de pajarraco”, descubriéndole que su mujer anda en chiquitas con el barbero y, a partir de ese dato, se desarrolla todo. Don Friolera, que, sin quererlo, empuja a la pareja a situaciones confusas sin que se haya consumado ni mucho menos el adulterio, anda de acá para allá haciendo gala de que su honor ha de ser vengado con sangre. Quiere cortar dos cabezas, pero el esperpento está en que, sin saberlo, recibe la bala de muerte su niña, que está en brazos de su madre. Todos los ríos, dice el Eclesiastés, van al mar / y el mar nunca se llena”.

Publicado el día 7 de diciembre de 2018

El Estado de los indecisos

    Dentro de la parafernalia externa de las elecciones, más allá de su sentido político, social y hasta metafísico, sabido es que tenemos las procesiones electorales, uno de los espectáculos más complejos del teatro social con sus ceremonias y ritos de su liturgia; las frases inconvenientes que se exceden más de la cuenta; las expresiones repetidas hasta la saciedad; o la ronquera de los candidatos. Y los pronósticos. Discutidos en lo que son y si deben ser, acaban siendo, como los monaguillos, colaboradores principales. Y a su alrededor, como planetas de su sistema, pululan los juegos de los efectos: que si el "efecto Mateo", que, cuando se prevé un vencedor claro (por más o menos, eso no importa), hay gente a la que gusta subirse a su carro; que el "efecto Lucas", que hay quien por pena acaba votando al que aparece como perdedor. Y algunos otros de menor cuantía, como el “efecto Gila”, aquel del pequeñajo y los demás.
    Pero en todas estas teorías, hay un aspecto principal: cargar sobre las espaldas de los indecisos la responsabilidad del resultado final. Los indecisos, dicen los encuestadores, serán a última hora los que definan el resultado en uno u otro sentido, los que tienen la última palabra. Por lo que, vistas así las cosas, lo que deben hacer los muy interesados en que su voto decida el tipo de gobierno, es declararse indecisos y ya se les pedirán cuentas después. Por el contrario, quienes quieran renunciar a tan grande responsabilidad habrán de apuntarse en seguida en la lista de los decididos. Algo así deben pensar los líderes políticos porque es a los indecisos a los que cortejan, miman, y tratan de convencer. Ellos son tan verdaderamente importantes que sólo tienen que dejarse querer.
    En el diccionario del Diablo de Bierce, el protagonista elogia la indecisión, “porque hay muchas maneras de hacer algo, y una sola es la correcta”. (Claro que: —Su rápida decisión de atacar —le dijo cierta vez el general Grant al general Gordon Granger— fue admirable. —Sí, señor. Cuando no sé si atacar o retirarme, jamás vacilo: tiro al aire una moneda. —¿Quiere decir…? — Sí, mi general, pero le ruego no reprenderme. Desobedecí a la moneda). Y de lo anterior debe deducirse que esto supone un camino nuevo para participar activamente en política: hacerse indeciso para así ser el que decide quién gana… Ya dice Celestina que al hombre vergonzoso el diablo lo trajo a palacio.

Publicado el día 30 de noviembre de 2018